1. La desarticulación del principio y la trampa constitucional

Toda la tradición de la metafísica occidental ha estado obsesionada con encontrar una causa primera, un pilar inamovible sobre el cual edificar la realidad. Platón le llamó la Idea, el cristianismo lo bautizó como Dios, la modernidad ilustrada lo tradujo como Razón y Nietzsche lo desnudó bajo el nombre de Voluntad de Poder. Esta necesidad crónica de fijar un origen que legisle sobre nuestras vidas sigue operando de manera subterránea en nuestras instituciones. El ejemplo más nítido lo encontramos en la Constitución Política de Chile de 1980: un texto profundamente metafísico que abre su primer capítulo, de manera sintomática, bajo el título de «Bases de la institucionalidad». Se busca desesperadamente un piso, una regla rígida que amarre el devenir.

Frente a esa arquitectura del control, el camino del anarco-existencialismo propone una deconstrucción radical. La anarquía (an-arquía), en su sentido etimológico más puro, significa simplemente «sin principio» o «sin fundamento». No tiene nada que ver con los anarquismos ideológicos clásicos de Proudhon o Bakunin, que terminaron fabricando sus propios dogmas racionales y cayendo en la misma trampa metafísica. La propuesta posheideggeriana consiste en asumir que el fundamento último es, en realidad, un espacio en blanco, un abismo insondable sin un poder legislador. Al no existir un elemento sagrado al que rendirle cuentas, la existencia queda suspendida ante sí misma. Ahí es donde nace la verdadera libertad: no en la libertad positiva de hacer algo sujeta a una norma, ni en la libertad negativa anglosajona que se reduce a la mera ausencia de interferencias para el consumo individual, sino en la libertad originaria de habitar el propio vacío.

2. El botón de reset y el mito del recomienzo latinoamericano

Cuando los pensadores europeos se dan cuenta de que la metafísica tocó fondo, proponen la necesidad de un «recomenzar» o «reiniciar» la historia, un ejercicio que consiste en volver la mirada hacia la Grecia presocrática para recuperar la pregunta originaria por el Ser.

Es una metáfora atractiva, similar a la de un informático que aprieta el botón de reset porque el sistema operativo colapsó por completo. Sin embargo, aquí es donde debemos plantear nuestra tesis fundamental: ese reinicio es un lujo que los latinoamericanos no nos podemos dar. Los europeos pueden reiniciar su historia porque gozan de una tradición continua; sus rieles, aunque oxidados, conectan de vuelta con Atenas. Nosotros, en cambio, somos «occidentales por préstamo». Llegamos tarde a este teatro, hace apenas quinientos años. Si nosotros apretamos reset, no viajamos a Grecia; caemos directamente en la nada absoluta. No podemos volver a los españoles porque fuimos sus siervos, y tampoco podemos regresar a los pueblos indígenas originales porque nuestra historicidad ya es otra, irreversiblemente mezclada. Nuestra herencia no tolera un reinicio.

3. La técnica contemporánea y la domesticación del misterio

Esta orfandad se vuelve crítica al habitar la metrópoli globalizada, un espacio dominado por el Gestell (la técnica o maquinación moderna). Es fundamental insistir en que la técnica no se reduce a los cables, los microchips o la inteligencia artificial. La técnica es, ante todo, un modo exigente y violento de relacionarnos con el mundo, una disposición mental que exige que todo esté disponible, transparente, etiquetado y listo para ser consumido.

Hoy vemos este impulso de dominación en los rincones más insólitos de la cotidianeidad. Los cursos que inundan las redes sociales prometiendo «secretos psicológicos para enamorar» o los servicios esotéricos que ofrecen un «amarre» místico son expresiones puras de la técnica cartesiana: intentos desesperados por forzar, calcular y controlar el misterio sagrado del amor para transformarlo en una mercancía predecible.

Del mismo modo, hemos despojado a nuestro territorio de su poesía profunda. El habitante de Santiago ya no mira la Cordillera de los Andes con el asombro del misterio originario de donde emerge el sol; la mira a través del lente del economista de la escuela de Gary Becker, reduciéndola a un inventario de recursos naturales, a capital humano disponible o a toneladas de cobre y oro listas para la exportación. La masa anónima del Das Man experimenta esta incapacidad de pensar críticamente como si fuera la mayor de las libertades, mientras el sistema devora el sentido de su entorno.

4. El «Huacho Mestizo» y la ventaja de no tener origen

Para comprender por qué Chile carece de un inicio formal al cual regresar, hay que desenterrar la genealogía de nuestro Valle Central. Entre el 60% y el 70% de la población chilena desciende históricamente del «huacho mestizo», una masa humana nacida de una poligamia desenfrenada y violenta entre los conquistadores españoles y las mujeres indígenas. Ese mestizo original jamás fue reconocido legal ni existencialmente por su padre hispano. Al carecer de un apellido y de un lugar en el orden colonial, quedó relegado a la intemperie, transformándose en el peón ambulante o en el inquilino de las haciendas.

Durante siglos, el mestizo pagó el derecho a vivir con su pura fuerza de trabajo, completamente privado del acceso a la propiedad de la tierra, la cual quedó concentrada en unas pocas familias criollas desde el año 1600. Y este detalle es un factor político clave: sin propiedad, el ser humano no puede establecer un «cerco» protector de su intimidad, quedando despojado de la base material necesaria para la libertad política. Por eso el mestizo fue históricamente excluido de la creación del Estado; las Constituciones de 1833, 1925 y 1980 fueron deliberaciones de la elite criolla para regular su propia convivencia y proteger sus fundos del desborde popular.

Sin embargo, esta tragedia histórica es, al mismo tiempo, nuestra mayor ventaja ontológica. Al no tener un origen formal al cual rendirle culto, el mestizo no está amarrado a los fantasmas del pasado. El mestizo es pura posibilidad de ser. Su tarea histórica no es reiniciar ni recomenzar una herencia ajena, sino comenzar por primera vez. Tiene la oportunidad inédita de fundar un «nosotros» político genuino, no desde el resentimiento, la venganza o las gastadas lógicas de la lucha de clases contra las elites, sino desde la autocomprensión de su propia historicidad.

Conclusión: Las bases para la fundación de un pueblo

Frente al individualismo infantil de la metrópoli global —donde el ciudadano cree que ejerce su libertad simplemente abriendo cuentas de redes sociales o consumiendo mercancías en el mercado—, el anarco-existencialismo propone una política de mínimos que rescata el sentido originario de la Polis griega. No se trata de imitar el sistema parlamentario ateniense, sino de recuperar la primacía de la comunidad por sobre el individuo aislado.

Para que el mestizo chileno abandone su condición de masa acrítica y se constituya verdaderamente como un pueblo histórico, la fundación de ese «nosotros» debe sostenerse sobre tres ejes fundamentales:

  • Una Tradición Cuestionada: No se trata de aceptar ciegamente el folklore o los relatos oficiales de la hacienda, sino de recibir la herencia histórica para interrogarla radicalmente desde el presente.

  • Un Espíritu del Tiempo (Geist): Un temple anímico colectivo que sacuda a la sociedad de su aburrimiento y la proyecte hacia el futuro, asumiendo su pasado con dignidad.

  • Un Lenguaje Compartido: El territorio común donde dejamos de utilizar las matrices metafísicas y las teorías políticas europeas que siempre nos han mantenido sometidos.

La verdadera revolución del Venancio no consiste en quitarle el poder al Criollo para ponerse en su lugar; eso sería simplemente invertir la geometría de la dominación. La salida es deliberativa: conversar, estudiar y abrirse a «otro pensar». Es en los momentos de crisis profunda, cuando la masa se enfrenta al abismo de su propia nada, donde emerge la pregunta decisiva: «¿Quiénes somos nosotros mismos?». Responder a esa interrogante desde la solidaridad y el autorrespeto es el único camino para que el huacho mestizo rompa el cerco de la hacienda y funde, por fin, su propio mundo.

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