1. La herencia cartesiana: El error de reducir la realidad a lo medible
Para entender el abismo en el que está metida la sociedad actual, hay que viajar al momento exacto en que Occidente torció el rumbo. En Ser y Tiempo, Martin Heidegger se propone una tarea titánica: superar el nihilismo, ese olvido generalizado del «ser» que nos tiene flotando en el vacío. Y para lograrlo, primero tiene que demoler la estructura que construyó el gran arquitecto de la modernidad: René Descartes.
Descartes cometió un pecado ontológico que seguimos pagando caro. Dividió la realidad de manera tajante: por un lado, la res cogitans (la mente, el ego, lo que piensa) y, por el otro, la res corporea o res extensa (el cuerpo, lo material). Para explicar qué hace reales a estas dos dimensiones, recurrió al concepto de «sustancia», definiéndola como aquello que no necesita de ninguna otra cosa para existir. Estrictamente hablando, esa definición solo le calza a Dios, pero Descartes la aplicó con calzador a las realidades creadas. Al meter realidades tan distintas en el mismo saco y declarar que el sentido último del ser era inaccesible, eludió la pregunta fundamental. Renunció a entender qué es el ser de las cosas.
Al quedarse sin sustancia, Descartes redujo el mundo físico a su atributo más evidente: la extensión. A partir de ahí, la naturaleza esencial de todo lo que nos rodea pasó a ser únicamente lo que se puede medir en longitud, latitud y profundidad. El peso, el color o la dureza pasaron a ser secundarios. La modernidad firmó ahí su sentencia de muerte espiritual al decretar que solo es real aquello que se puede calcular y medir. Convertimos el mundo en un problema de matemáticas y de ingeniería, oscureciendo la verdadera forma en que los seres humanos habitamos la tierra.
2. La defensa del "Mundo Excel" y el monopolio de la técnica
Este desmantelamiento teórico cobra vida inmediatamente cuando lo contrastamos con nuestras urgencias actuales. En nuestra última discusión, Nikin asumió con fuerza el rol de defensor del modelo cartesiano. Su argumento es pragmático y difícil de esquivar: Descartes no era un burócrata, era el hombre que revolucionó la matemática con la geometría analítica y sentó las bases del método científico. En un planeta con recursos escasos y necesidades que parecen infinitas, Nikin nos recordaba que el enfoque calculable, la optimización y lo que podríamos llamar el «mundo Excel» son herramientas indispensables para la supervivencia. Sin ese cálculo frío, simplemente no habría infraestructura pública, hospitales ni viabilidad material para sostener a la población.
El punto central que le respondí a Nikin es que el problema no es la ciencia ni las matemáticas. Heidegger jamás invalidó el conocimiento científico; lo que hizo fue prender las alarmas ante el peligro de que la comprensión técnica y calculadora se vuelva monopólica. Cuando el cálculo se transforma en la única forma legítima de mirar la realidad, todo lo demás es expulsado. Las humanidades, el arte y la política profunda terminan siendo despreciadas o tratadas como adornos inútiles porque no producen un indicador que se pueda tabular.
Ahí es donde debemos aprender a distinguir las dos caras de la técnica:
La técnica respetuosa: Pensemos en el agricultor tradicional que planta un tomate. Su saber no violenta la tierra; acompaña y respeta los ciclos del agua, del sol y de las estaciones para que el fruto se dé a su propio tiempo.
La técnica moderna (cartesiana): Es el impulso desatado por dominar y controlar. Es la manipulación genética que produce toneladas de tomates idénticos solo para la exportación, donde no importa si el producto sobra o se pudre en un contenedor, porque el fin es la métrica del rendimiento.
Hoy aplicamos esa misma violencia cartesiana a las personas. Aplicaciones de citas como Tinder son el ejemplo perfecto: reducen al ser humano a una res extensa, cuantificándolo por sus atributos físicos y su alcance geométrico en el mapa, transformando el encuentro humano en un ejercicio de optimización de catálogo.
3. La mesa rota: Contexto versus abstracción
Frente a esta obsesión por medir los objetos de manera aislada, Anita intervino con un argumento fenomenológico impecable que derriba la fantasía de la extensión neutra. Tomó como ejemplo algo tan cotidiano como una mesa.
Si nos quedamos con Descartes, una mesa es un trozo de madera con ciertas dimensiones, peso y volumen. Pero Anita argumentaba que esa descripción física jamás va a agotar lo que la mesa realmente es. Una mesa no existe primero en el vacío de la física para luego tener un uso; su verdadero ser aparece solo en su contexto práctico dentro de nuestras vidas. La mesa es una mesa de trabajo donde nos ganamos el pan, es la mesa familiar donde se discute y se comparte, o es una fría mesa de autopsia. El espacio abstracto y neutro es una ficción teórica de la ciencia; lo primario, lo que tocamos primero, es el mundo de las prácticas humanas y el sentido que les otorgamos.
Conclusión: El vacío de los creadores de soluciones
Occidente, al verse incapaz de responder qué es el ser de las cosas, inventó una trampa: responder quién las creó. Para Descartes y la teología, la respuesta a todo era Dios. Para el humano moderno, obsesionado con la tecnocracia, el creador es el ingeniero o el experto que inventa «soluciones prácticas».
Nos acostumbramos a evaluar la realidad por la superficie del creador. Nos importa quién redactó el informe o qué tan grueso es el fajo de papeles, pero evadimos la pregunta por el Ser de lo que estamos haciendo.
Las consecuencias de este vacío las tenemos frente a los ojos. Vivimos en una época técnicamente perfecta, rodeados de dispositivos impecables, algoritmos que predicen nuestros deseos, «creadores de contenido» y supuestas soluciones para cada problema cotidiano. Sin embargo, paradójicamente, la humanidad sufre un vacío existencial como nunca antes, con tasas de desorientación, angustia y suicidio al alza. El cálculo nos dio la infraestructura para sobrevivir, pero nos quitó la razón para vivir. Recuperar la pregunta por el sentido, como buscaba Heidegger, no es un pasatiempo para académicos; es la última línea de defensa que nos queda para salvarnos del nihilismo y recordar que somos algo más que un dato en una planilla de control.