1. La petrificación simbólica y el truco del Deus ex machina

Toda cultura o sistema de valores, al estirar al máximo sus premisas, llega inevitablemente a un punto de parálisis y agotamiento absoluto. Sus recursos internos se secan, volviéndose incapaz de generar sentido para la realidad material que pretende ordenar. En su libro Transvaloración, Alberto Mayol recurre a la tragedia griega para ilustrar este fenómeno: cuando el argumento de una obra teatral se estancaba en un callejón sin salida, los dramaturgos introducían un deus ex machina —un dios bajado en grúa al escenario— que, mediante una fuerza externa, irracional y ajena a la trama, rompía el nudo y permitía que la historia continuara.

En la vida social opera la misma coreografía. Un orden simbólico momificado no posee las herramientas para salvarse a sí mismo; requiere de manera obligatoria la irrupción de un poder material y externo —intereses políticos violentos, transformaciones económicas o flujos de dinero ciego— que desbarate el cascarón vigente para forzar su renovación.

Este tránsito de las formas culturales, como bien describe la sociología de Mayol apoyada en Roland Barthes, sigue un ciclo vital que va desde el Grado Cero hasta el Grado Uno. El Grado Cero representa el nacimiento de un orden: es un territorio de libertad, donde las palabras y los signos son polisémicos, plásticos y gozan de una tremenda capacidad para adaptarse al oleaje de la contingencia. Sin embargo, la inercia social no soporta la intemperie de la ambigüedad y comienza a racionalizar los significados para controlar a la población. Es ahí cuando la cultura viaja hacia el Grado Uno: el polo de la cristalización dogmática y la petrificación. En el Grado Uno, el sistema se vuelve sumamente eficiente para justificar el orden de los que mandan, pero pierde toda su plasticidad. Cuando el «exceso de realidad» desborda las costuras de este dogma, la cultura se refugia en el «Barroco», multiplicando signos vacíos para tapar sus agujeros de sentido, antes de fracturarse de manera definitiva.

2. Consumir versus Consumar: La jaula de la voluntad de poder

Al detener la lectura en este punto de la «anudación» —el instante en que el poder externo estabiliza un nuevo orden—, se vuelve imperativo plantear una veta radical que la sociología de Mayol no alcanza a rozar. Si cruzamos estos cables con las reflexiones de Martin Heidegger en sus Cuadernos negros, debemos detenernos a examinar la frontera etimológica e ideológica entre dos conceptos que rigen nuestra existencia: consumir y consumar.

  • Consumir: Implica agotar una cosa hasta su total extinción. Esta es la esencia misma de la técnica moderna y del engranaje económico: usar los objetos, los relatos y los cuerpos para desecharlos de inmediato, buscando una novedad perpetua que, paradójicamente, jamás cambia el orden de las cosas.

  • Consumar: Significa llevar una realidad a su realización plena y total, a su completitud. El ejemplo clásico es la consumación de un matrimonio en el acto sexual: el evento físico se extingue en el tiempo, pero funda un «antes y un después» ontológico, inaugurando un orden político y vital completamente nuevo.

Durante nuestras transmisiones, Blackdimir aportó una aguda lectura teológica a este quiebre, recordando cómo Jesucristo, al morir y resucitar en la cruz, «anuda» de manera definitiva el más allá divino con el más acá profano, provocando que la dualidad clásica pierda su sentido al quedar plenamente unida en un nuevo orden sagrado.

Sin embargo, el problema de fondo que enfrentamos es que la época actual es el imperio de la técnica, y la esencia de la técnica es el consumo ciego. Siguiendo a Nietzsche, vivimos en la época donde el carácter fundamental de las cosas —la voluntad de poder— se ha desocultado por completo como el valor supremo. La transvaloración nietzscheana, en ese sentido, es la última posición de valores de la metafísica occidental: es el momento donde se consuma (se completa) el recorrido de ese pensar. Pero como la esencia de la voluntad de poder es el consumo, el resultado es que el consumo se consuma a sí mismo en la forma del eterno retorno de lo mismo.

La historia queda atrapada en un bucle finito donde solo queda el autoconsumo material y simbólico. Mientras Mayol busca herramientas metodológicas para predecir fracturas sociales dentro de este eterno retorno, la mirada ontológica nos advierte que la verdadera salida no es una nueva posición de valores —que solo reactivaría la máquina del consumo—, sino el salto hacia el abismo infundamentado, destruyendo el tablero de la voluntad de poder.

3. La geología de la desigualdad: De la hacienda al emprendimiento

Esta trampa del eterno retorno cobra una fisonomía de carne y hueso cuando revisamos la matriz teórica de El Chile Profundo, la investigación fundacional de Alberto Mayol, Carla Azócar y Carlos Azócar. En el prólogo de la obra, el sociólogo Rodrigo Baño elogia el texto definiéndolo como una auténtica «geología de la cultura chilena», un mapa que permite observar cómo se superponen distintas capas valóricas en nuestro territorio, desde la era colonial hasta las reformas de la dictadura. Los autores explican que la desigualdad material, al ser una condición profundamente asimétrica, requiere de manera obligatoria un relato cultural que la naturalice para evitar que se transforme en un conflicto permanente.

En esa geología, las dos capas tectónicas que gobiernan el inconsciente chileno son:

  • El «Chile Profundo» (La matriz hacendal): Es la capa cultural más antigua, heredada del orden colonial agrario y profundamente conservadora. Opera bajo la lógica teológica de un «pastor religioso y su rebaño» para mantener inmóvil el statu quo. En este mundo, el dinero evidencia la injusticia y es fuente de culpa y pecado; por lo tanto, se establece un pacto de silencio donde está prohibido hablar de dinero, utilizando los buenos modales y el «buen trato» como un analgésico para pacificar el dolor de la asimetría social.

  • El «Chile del Emprendimiento» (La matriz neoliberal): Es el sistema de valores diseñado por la elite durante la dictadura de 1973 y consolidado en la transición. A diferencia de la hacienda, esta matriz exige un sujeto económico hiperindividualista, activo y enfocado en la expectativa del éxito futuro. Aquí ocurre una transvaloración radical: el dinero se adora sin tapujos y el «sacrificio» deja de ser un estigma de clase para convertirse en el motor ético de la riqueza. La desigualdad se justifica bajo la promesa de la meritocracia: si el éxito depende solo de tu esfuerzo, la pobreza es simplemente tu culpa, tu falta de ambición o tu incapacidad individual, eximiendo al modelo de toda responsabilidad.

Existe también una matriz republicana, de clase media y laica, pero los autores advierten que terminó asfixiada por el peso histórico del latifundio y el avance del neoliberalismo.

4. La educación como analgésico y el derrumbe del muro institucional

El gran escenario donde estas dos matrices chocan y se complementan es la educación. Para las familias chilenas, la educación es percibida esencialmente como «movimiento»: la llave mágica para escapar de la marginalidad de la calle (el movimiento destructivo) y transitar hacia el progreso (el activo constructivo). Las clases populares le exigen al sistema tres cosas: saber técnico, educación para resistir y emprender, y «buen trato» (respeto a las jerarquías y moralidad). Ante la falta de redes o «pitutos», el título profesional se convierte en un anhelo casi místico de salvación material.

El drama es que este anhelo choca de frente con una estructura diseñada para reproducir las clases sociales. Las pruebas como el SIMCE demuestran que los resultados dependen del poder adquisitivo de los padres y no del mérito del alumno, y el título universitario ya ni siquiera garantiza estabilidad laboral.

Al fallar la promesa material, la educación asume una función puramente analgésica. Se refugia en la dimensión del «buen trato» para simular una igualdad simbólica. Otorga una dignidad artificial que pacifica el dolor de la asimetría, evitando la humillación directa para mantener el orden de la hacienda intacto.

Sin embargo, como explicaba Mayol, los símbolos de este orden entraron en una crisis de legitimidad terminal. En 2011 y 2019, la calle impugnó el concepto de «lucro», asociándolo directamente al abuso. Lo paradójico es que este estallido no ocurrió en medio de una crisis del capitalismo, sino durante un ciclo de bonanza económica sin precedentes.

El problema real fue la caída del «muro de contención». Históricamente, el dolor del modelo era amortiguado por instituciones que daban certezas (la Iglesia, los partidos, la élite política). La acumulación de escándalos de corrupción, colusiones empresariales y abusos destruyó esa confianza. Al caer las instituciones que proveían la anestesia, la rabia y la desnudez de la desigualdad quedaron expuestas en el Grado Uno, provocando una crisis que el propio Mayol adelantó metodológicamente desde 2011.

Conclusión: La Hacienda 2.0 y el estancamiento restaurador

El análisis del ciclo chileno nos deja una advertencia desoladora. El paso del orden tradicional de la hacienda al orden del mérito en 1973 fue, en realidad, una transvaloración transformadora ejecutada por la propia élite utilizando la violencia del golpe como su deus ex machina. Hoy seguimos habitando simbólicamente ese mismo mundo, en una suerte de Hacienda 2.0 que combina la autonomía individual del consumo con las viejas jerarquías del patrón.

Los levantamientos de 2011 y 2019 abrieron la ventana que desnudó la injusticia constitutiva del país, pero los procesos posteriores demostraron que no existía una fuerza política con la energía ontológica necesaria para fundar un orden nuevo. No hubo un deus ex machina desde los subordinados. En su lugar, tras los fracasos constitucionales, las elites salieron a defender el templo mediante una restauración sintética, moldeando a un nuevo sujeto adaptativo: un ciudadano que hoy camina culposo por haber impugnado el orden en 2019.

Como solíamos debatir al usar el ejemplo de la estatua del General Baquedano —comentado a raíz del saludo de Sebastián desde Coquimbo—, la disputa por los símbolos es la disputa por la anudación del poder. Pero si la energía transformadora se agota y los dominantes se limitan a enfriar la calle mediante la gestión tecnocrática, la sociedad se petrifica. Las esperanzas de cambio se revelan como falsas ilusiones ideológicas, devolviéndonos al lamento atávico de nuestro inconsciente rural: «Pucha que es triste la vida, Venancio, pero qué se le va a hacer». Al caer los analgésicos tradicionales, si la élite solo administra el orden sin proveer sentido, lo que queda en el horizonte no es una nueva estabilidad, sino la antesala del colapso.

Por lo tanto, cuando se reactiva la famosa sentencia de Heidegger, «solo un dios podrá salvarnos», ya no estamos apelando a ese viejo deus ex machina de la tragedia griega o de la sociología de la reparación. Ese no es el dios bajado en grúa que irrumpe de manera externa para destrabar el argumento y volver a encauzar el mismo juego mundano de siempre. La salvación a la que apunta el pensar auténtico no es una nueva ingeniería de valores dentro del eterno retorno de la voluntad de poder. Ese «dios» es algo completamente inabarcable: es la historia misma, la historia del Ser heideggeriana desatada de sus amarras metafísicas. No es un ente supremo que viene a dictar nuevas leyes o a parchar los diques rotos de la hacienda contemporánea; es el misterio puro e insondable que se desoculta cuando el ser humano finalmente se atreve a soltar las lianas de la seguridad institucional y se arroja al abismo del Grado Cero absoluto. Solo la irrupción de esa verdad originaria, que excede cualquier cálculo técnico o planilla de control, posee la fuerza ontológica para clausurar el ciclo del consumo y devolvernos, por fin, el derecho a un habitar que no le deba nada a la maquinaria del rendimiento.

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