1. La farsa de la res extensa y la cartografía del señor

Para comprender la arquitectura profunda que sostiene la dominación en nuestro país, es imperativo desmantelar primero la ceguera teórica con la que la modernidad nos enseñó a medir la realidad. En los parágrafos 22, 23 y 24 de Ser y Tiempo, Martin Heidegger ajusta cuentas con René Descartes y su nefasta herencia: la reducción del mundo y del espacio a una simple res extensa —un plano geométrico, neutro, medible y cuantificable en coordenadas de longitud, ancho y profundidad—.

Descartes decretó que el espacio es un contenedor preexistente y homogéneo. Sin embargo, los seres humanos no somos calculadoras ambulantes ni habitamos coordenadas matemáticas. Nosotros no nos relacionamos con el entorno a través de la cinta métrica, sino a través de los entes que están «a la mano»: las herramientas y las cosas cotidianas que poseen un sentido, un «para qué» práctico.

La distancia originaria no se mide en centímetros o hectáreas, sino en cercanía, una condición que se determina mediante la preocupación y el uso diario en lo que Heidegger llama el «cálculo circunspectivo». Las cosas que usamos no están tiradas al azar en la materia; poseen un «lugar propio» asignado por su utilidad, los cuales se agrupan orientados hacia una «zona» o entorno familiar (el a dónde).

Durante la transmisión, para aterrizar esta distinción frente a la mirada ingenieril que todo lo cuantifica, apelamos a una analogía directa: el videojuego Age of Empires. El espacio cartesiano es como el programador que crea el código del mapa en un computador con ejes X e Y absolutamente medidos; en cambio, la experiencia humana del espacio es como la del aldeano —el «monito»— que recorre la pantalla a pie. El mapa negro e infinito no existe de antemano como una verdad dada; se va desocultando, abriendo y poblando de sentido a medida que el personaje interactúa con el entorno, tala la madera y habita la tierra en su cotidianeidad.

2. La física de la cercanía: Del set de transmisión a los lentes en la nariz

Si somos capaces de captar el espacio y el sentido de las cosas no es porque estemos metidos dentro de una caja transparente llamada «universo», sino porque la constitución fundamental del ser humano —el Dasein— es esencialmente espacial. El Dasein no es una piedra tirada en un rincón ni un objeto geométrico; su espacialidad se despliega a través de dos existenciarios clave:

  • La Desalejación (acercamiento): El Dasein es aquel ente que tiene la propiedad constitutiva de hacer desaparecer la lejanía. Constantemente estamos aproximando aquello que nos ocupa, independientemente de su distancia métrica real.

  • La Direccionalidad: Todo acercamiento toma de antemano una dirección hacia una zona previa que ya ha sido descubierta por nuestras ocupaciones diarias.

Por esta razón, nunca estamos plenamente «aquí» en un punto físico cerrado. Nuestro foco existencial siempre está «allí», proyectado hacia las cosas que nos importan. En la práctica, esto explica fenómenos tan cotidianos como el set desde donde transmitimos a diario. El micrófono, la cámara, los libros y la mesa no son objetos neutros; tienen su «lugar propio» dentro de una «zona» orientada a un fin claro: hacer un programa en vivo. Si el micrófono se cae al suelo (modo deficiente), no cambia solo una coordenada de altura: la zona entera irrumpe, se rompe la armonía práctica y el entorno se nos vuelve evidente como un espacio fallido.

Esta distancia existencial es infinitamente más real que cualquier cálculo físico. Lo vemos en la lejanía abismal de la friendzone o el rechazo amoroso: dos personas pueden estar a centímetros de distancia con los cuerpos rozándose, pero la lejanía emocional —la espacialidad del Dasein— es captada de forma inmediata como un muro insalvable. Del mismo modo, sufrimos una ceguera estructural hacia lo que está demasiado cerca. Unos lentes puestos sobre el puente de la nariz o la calle que pisamos están métricamente pegados a nosotros, pero existencialmente están más lejos que el amigo que vemos a veinte metros. Si alguien está organizando un viaje urgente para ver a un hijo enfermo, la farmacia ubicada a quince kilómetros se encuentra en su cercanía inmediata, mientras que será completamente ciego a los calcetines o a los lápices que tiene al lado de la mano sobre el escritorio, porque simplemente no pertenecen a su zona de ocupación.

3. El Venancio y la paradoja de la propiedad hacendal

Fue en medio de este desglose teórico cuando la conversación con el chat dio un vuelco decisivo. La intervención del usuario Patricio Reyes atinó en el blanco al preguntar si esta apertura de la zona y la «significatividad con la que el Dasein está familiarizado» se relacionaba de forma directa con el concepto de «la Hacienda para el Venancio».

Aquella pregunta tenía una potencia ontológica abrumadora. El Venancio —ese huacho mestizo del Valle Central, inquilino no propietario, mero tenedor de la tierra desde la perspectiva del derecho— encarna la tragedia de este choque de espacialidades.

El patrón de la hacienda opera desde la matriz cartesiana de la res extensa. Para el señor del fundo, la hacienda es un plano geométrico divisible en hectáreas, un título de propiedad inscrito en un registro conservador que expresa el dominio sobre el caos. En ese orden metafísico, la tierra es una mercancía y el Venancio es reducido a un mero «estar ahí», un objeto presente, una masa de stock o fuerza de trabajo disponible que se contabiliza en las planillas de pago. Desde la ontoteología hacendal, el patrón se asume como el delegado de un Dios todopoderoso que fijó el destino universal de los bienes, estableciendo quién dispone y quién obedece.

Sin embargo, la experiencia que el Venancio tiene con la tierra es infinitamente más originaria, más cercana y más desalejada que la frialdad jurídica del patrón. El inquilino no mide la hacienda en metros cuadrados; la desaleja con el sudor, la labranza y el recorrido diario. Para él, la hacienda es una «zona» de pertenencia, un entorno familiar lleno de significatividad donde las herramientas, los animales, el canal de regadío y su ruca tienen un «lugar propio» articulado por su uso. El Venancio habita el espacio; el patrón solo posee el plano.

Aquí emerge una paradoja existencial dolorosa: aunque el inquilino está abierto al mundo de forma genuina, vive sometido a la metafísica hacendal. El Venancio termina convirtiéndose en el más fiero defensor del orden de propiedad que lo explota porque su existencia entera está anclada a la familiaridad de esa zona. Si el orden del fundo se rompe, se desmorona la red de sentidos a la que pertenece su vida cotidiana, haciendo que su mundo irrumpa como algo caótico y defectuoso.

Conclusión: El peón libre y la amenaza del habitar no-metafísico

Por el contrario, la figura del peón libre, del vagabundo y del cimarrón fuera del cerco del latifundio representa la amenaza ontológica más aterradora para el orden patronal. El peón libre es un sujeto que no tiene patria, no tiene título y no dispone de tierras para fijar un orden legal, pero su habitar no obedece a los «lugares propios» dictados por la cartografía del señor.

El vagabundo se encuentra en el mundo de forma no-metafísica, completamente fuera de los lazos del dominio jurídico. Al no estar atado a la desmundanización que transforma la tierra en una propiedad calculable ni estar subordinado a la obediencia del inquilinaje, el peón demuestra que el espacio no es un objeto privado que se pueda comprar o heredar, sino una apertura libre que acontece a través de la vida fáctica del Dasein.

El pecado de la modernidad chilena fue haber creído que el espacio y la patria se fundaban en los títulos de propiedad de las familias de la élite. La lección heideggeriana, releída desde los adentros de nuestra historia rural, nos recuerda que el mapa del patrón es solo una abstracción sobre el papel. La verdadera tierra nace allí donde el hombre la desaleja con la vida, y la única liberación posible para el Venancio de nuestro tiempo —el arrendatario y el trabajador precarizado de las urbes— es dejar de cuidar los deslindes de la hacienda ajena y atreverse a habitar el mundo desde su propia, libre y desinteresada existencia.

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