La transvaloración del lucro, la camioneta Ram y el fracaso de la Convención
1. El diagnóstico de 2011: La grieta del lucro y el punto de anudación
Cuando observamos la política a través del prisma de Alberto Mayol, nos damos cuenta de que detectar una transvaloración en el tejido social es el indicador más certero de que se aproxima un terremoto histórico. En 2011, mientras los indicadores macroeconómicos celebraban el crecimiento del PIB y las élites brindaban por el «oasis chileno», Mayol anticipó que el país se encaminaba hacia una crisis de legitimidad estructural. La prueba irrefutable no estaba en los gráficos de Hacienda, sino en el lenguaje: la palabra «lucro» había sufrido una mutación irreversible.
Hasta ese momento, bajo la hegemonía neoliberal, el lucro gozaba de una carga positiva; era el premio legítimo a la innovación, al riesgo y al esfuerzo del emprendedor. Sin embargo, en cuestión de meses, el concepto fue transvalorado y condenado públicamente como el eufemismo del abuso, la asimetría de poder y la captura de las instituciones.
Esta crisis encontró su punto de anudación en junio de 2011 con el escándalo de la multitienda La Polar, tras descubrirse la repactación unilateral de las deudas de un millón de personas. En ese instante preciso, la protesta estudiantil contra el negocio universitario se anudó con la indignación cotidiana del consumidor endeudado en el retail. La sociedad comprendió de golpe que la lógica del aula era la misma lógica de la casa comercial, y que el culpable transversal tenía un solo nombre: el simple y desmedido afán de lucro.
2. La física del estallido: Energía, materialidad y el ámbito simbólico
Para comprender cómo un malestar silencioso termina haciendo saltar por los aires un modelo de sociedad, es necesario revisar las herramientas con las que la sociología analiza las transformaciones culturales:
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Energía: La fuerza de movilización social acumulada ante asimetrías de poder radicales. En 2011, las marchas estudiantiles liberaron volúmenes gigantescos de energía, desbordando los cauces institucionales para derramarse hacia el territorio nacional y catalizar estallidos regionales en Aysén, Calama y Freirina. Recordando esa época en el chat, la memoria generacional se activó de inmediato: usuarios como Karim, Evelyn, Paula y Moto compartían donde los había pillado el 2011, desde quienes estaban en sexto básico jugando PlayStation hasta quienes ya sostenían familias a pulso, dando cuenta del impacto transversal del proceso.
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Materialidad: Los objetos y bases económicas concretas que sostienen o encarnan las batallas culturales. La palabra «abuso» flotaba en el aire como un fantasma hasta que el «lucro» operó como esa materialidad palpable que le dio cuerpo a la injusticia.
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Ámbito de lo simbólico: El territorio de las narrativas, creencias y valores donde la política intenta domesticar el poder para darle coherencia a la sociedad. Es el campo de batalla donde disputan las matrices culturales para hacer tolerable la desigualdad.
3. La geología de la desigualdad: Las tres matrices y la camioneta Ram
En su análisis, Mayol postula que en Chile conviven tres matrices culturales en disputa constante. Por un lado está la matriz hacendal (el Chile profundo), de raíces coloniales, conservadora y jerárquica, que funciona bajo la lógica del «pastor y su rebaño». Allí, hablar abiertamente de dinero es de mal gusto y produce culpa; la desigualdad se pacifica mediante los buenos modales y un pacto de silencio. Por otro lado se ubica la matriz neoliberal (del emprendimiento), impuesta en dictadura, que adora el dinero, rinde culto a la riqueza y justifica la brecha social mediante el mito de la meritocracia. La tercera es la matriz republicana, ligada a la clase media, laica e institucional, cuyo símbolo era la educación pública, pero que Mayol demuestra que nunca logró volverse hegemónica en la vida cotidiana.
Tanto la hacienda como el neoliberalismo son culturas de la desigualdad que legitiman la concentración del poder. Hoy asistimos a una verdadera «guerra de los dioses» entre el Dios hacendal y el Dios neoliberal. La derecha tradicional y figuras como José Antonio Kast buscan desesperadamente mediarlos, sintetizando la autoridad y el orden conservador del fundo con el superhombre económico del mercado. Sin embargo, la matriz neoliberal lleva ventaja porque la estructura material de Chile ya no es el campo, sino una sociedad de consumo y flujos que exige «empresarios de sí mismos». Como sintetizó brutalmente Paula en el chat al describir esta contienda de hegemonías: «ambos dioses están follándose a los consumidores para que nazcan más consumidores».
Para graficar el triunfo de este sentido común neoliberal sobre la acción colectiva, suele usarse la analogía de un video viral: una gigante y moderna camioneta Ram 2500 (símbolo del individuo pujante, empoderado y dotado de capital) sacando del barro a un viejo carro militar Mowag de los años 80 (símbolo de un Estado ineficiente y oxidado). En el chat, las reacciones no se hicieron esperar: Jessica corrigió amablemente la marca del vehículo y aportó una cuota de ironía sobre su propia realidad material frente a semejante despliegue de riqueza, comentando «uno que tiene una chinita nomás». José comparó estas camionetas monstruosas con la estética de los narcos mexicanos para desafiar al Estado, mientras que Francisco Espinosa destacó cómo la gente aclamó al conductor de la Ram como el «piloto individual, el gran Salvador», aunque recordó con lucidez que, cuando la tierra se cae a pedazos en las catástrofes naturales, los vecinos siempre terminan saliendo juntos al barro con la pala comunitaria.
4. El fracaso de la Convención y la reversión de los valores
Esta tensión simbólica permea la psiquis contemporánea. Como señalaba Francisco Espinosa al reflexionar sobre la cultura del emprendimiento, el espíritu de nuestra época se ha transvalorado en una «autoexplotación» constante, donde el sujeto experimenta una culpa paralizante si no está produciendo algo a cada minuto.
El gran drama de la izquierda transformadora fue no comprender esta dimensión al momento de encarar el proceso constituyente tras el estallido social de 2019. El presidente Sebastián Piñera entregó la Constitución de 1980 como una «bala de plata» para enfriar la calle, depositando en la Convención Constitucional la tarea de refundar el país. Sin embargo, para inicios de 2022, la Convención había perdido su mayoría política y social, transformándose en un síntoma más de la crisis de legitimidad en lugar de su solución.
El arte de la política consiste en domesticar el poder mediante formas simbólicas que tengan eficacia y viabilidad empírica. La Convención fracasó porque demostró ser una fuerza puramente impugnadora, capaz de acumular energía para desbaratar el orden vigente, pero con un excedente productivo nulo para edificar una nueva institucionalidad. Los valores propuestos se volvieron impertinentes y delirantes para la experiencia diaria del ciudadano común.
Al fracasar esta propuesta hegemónica, la sociedad experimentó una rápida reversión de sus valores hacia la «búsqueda del tiempo perdido». Si a partir de 2011 se había instalado la idea de que la riqueza provenía del abuso, para inicios de 2022 esa norma se invirtió drásticamente: más del 60% de la población volvió a declarar que la riqueza es el resultado del mérito individual.
Conclusión: El triunfo del mérito y la trampa del eterno retorno
El fracaso del proyecto constitucional de 2022 demostró que no basta con incendiar los símbolos del adversario si no se tiene la capacidad de ofrecer una casa donde habitar. La energía que desbordó las calles en 2011 y 2019 fue reabsorbida por la matriz del emprendimiento, restaurando la fe en la salvación individual.
La trampa de nuestro tiempo es creer que la derrota de la Convención nos devolvió a una época de paz. En realidad, la reversión de los valores simplemente nos reincorporó a la máquina del consumo, dejándonos atrapados entre la nostalgia hacendal del orden y la angustia neoliberal de la autoexplotación. Mientras no exista un proyecto capaz de trascender la lógica de la utilidad y fundar un sentido común que no se mida en caballos de fuerza ni en planillas de crédito, el Venancio chileno seguirá mirando con admiración la camioneta Ram del patrón, convencido de que su única libertad posible es endeudarse para comprarse una igual.