1. Dos tiendas, el mismo suelo: La ilusión de la división social
Cuando nos sumergimos en la historia política chilena de mediados del siglo XX —analizando los textos de la historiadora Sofía Correa Sutil y las investigaciones de Paul Drake o Brian Smith—, tropezamos con una verdad que desmantela cualquier mitología partidaria: la histórica división entre el Partido Liberal y el Partido Conservador jamás respondió a una fractura de clases o a una disputa entre intereses económicos contrapuestos. Ambos representaban, con milimétrica precisión, a los mismos grandes propietarios, terratenientes del mundo rural y burguesía financiera urbana descendiente de la élite decimonónica.
En las listas ejecutivas de 1947 de ambos partidos desfilan exactamente los mismos apellidos del poder: Bulnes, Errázuriz, Larraín, Valdés, Prieto, Walker, Cruz-Coke, Sanfuentes, Lira y Ortúzar. La interconexión social y económica era total; eran, en el sentido más literal, una sola y gran familia. Incluso dentro de un mismo hogar, los hijos se diversificaban estratégicamente entre las dos tiendas: Francisco Bulnes Correa, dirigente liberal, tenía a un hijo militando en el Partido Liberal (Manuel Bulnes Sanfuentes) y a otro en el Partido Conservador (Francisco Bulnes Sanfuentes). Ninguno era un aparecido; sabían jugar el juego del poder porque lo heredaron como una tradición de cuna.
Lo que diferenciaba a liberales y conservadores no era el modelo de acumulación ni la defensa de la propiedad privada, sino el grado de adhesión a la Iglesia Católica y el ethos o estilo de vida que de ello se derivaba. Se era conservador o liberal según tradiciones familiares de muy larga data, rastreables en las guerras doctrinales del siglo XIX entre la Iglesia y el Estado.
2. 'Pechoños' versus liberales: La frontera de la fe y los cementerios
Esa grieta doctrinal configuró dos modos de habitar la sociedad chilena que el político Rafael Agustín Gumucio caracterizó con brillantez en sus memorias. Las familias conservadoras proyectaban una estructura clerical, rígida y patriarcal:
El pater familias: Una autoridad paterna absoluta e inapelable.
La sobriedad llevada al extremo: Una austeridad económica que rozaba la tacañería y la avaricia.
El estilo de gueto: Una vida social cerrada, endogámica, donde las relaciones fuera del círculo católico conservador eran prácticamente inexistentes.
Por contraste, las familias liberales eran permeables a la cultura europea, amantes de los viajes a París, seguidoras de la moda y proclives a gastar el dinero con soltura para darse gustos en vida, arriesgándose en negocios especulativos. Como recordaba la historiadora María Rosario Stabili en sus entrevistas sobre el sentimiento aristocrático, dentro de una misma casta existían dos mundos: unos enterraban a sus muertos en el Cementerio Católico y los otros en el Cementerio General. En nuestras propias conversaciones, al recordar una entrevista con Tomás Jocelyn-Holt —hermano del historiador Alfredo Jocelyn-Holt—, rescatábamos esa misma distinción sociológica: la estirpe de los «terratenientes liberales», amantes de la buena mesa y el desorden, frente al perfil austero y rezandero de la rama conservadora.
Esta frontera cultural modelaba incluso la formación académica de sus cuadros directivos. Paul Drake demostró que a comienzos de los años 30, el 42% de los dirigentes conservadores provenía de la Universidad Católica —que funcionaba como un baluarte confesional y militante—, mientras que en el Partido Liberal esa cifra apenas llegaba al 2%. Para los años 40, el 51% de los conservadores era de la UC, frente a un escaso 11% de los liberales, quienes preferían la Universidad de Chile, de formación positivista y marcadamente laica.
El peso de este anticlericalismo familiar era tan profundo que provocaba alianzas políticas insólitas. En las elecciones presidenciales de 1964, el histórico senador y presidente del Partido Liberal, Gregorio Amunátegui, prefirió apoyar públicamente al candidato de izquierda Salvador Allende antes que a Eduardo Frei Montalva, abanderado de la Democracia Cristiana. Como le explicó Amunátegui al historiador Ernest Halperin, su decisión no era un giro al marxismo, sino la fidelidad al atávico rechazo de su familia hacia la tutela eclesiástica.
3. La mutación de los apellidos: De UDI y RN a Republicano y Nacional Libertario
Al mirar el mapa político del siglo XXI, descubrimos que las dinámicas de la derecha contemporánea no son inventos recientes, sino un revival de esta misma tensión estructural. La historia política chilena tiende a replicar el mismo duopolio identitario:
| Período | Vertiente Jerárquica / Doctrinaria | Vertiente Permeable / Caudillista |
| Siglo XIX-XX | Partido Conservador | Partido Liberal |
| Años 90-2000 | UDI (Gremialismo, disciplina, misa diaria) | Renovación Nacional (Facciones, pugnas internas) |
| Actualidad | Partido Republicano | Partido Nacional Libertario |
El Partido Republicano hereda la estructura confesional, jerárquica y disciplinada del viejo conservadurismo (lo que en su momento el cardenal Raúl Silva Henríquez describía en sus memorias, redactadas por Ascanio Cavallo, como un partido abiertamente clerical que se promovía desde los púlpitos). Por el contrario, el fenómeno nacional-libertario actúa como una actualización del liberalismo decimonónico: más caótico, refractario al dogma eclesiástico, permeado por espacios informales y dispuesto a la incorrección política.
La única transformación real entre ambos siglos no está en la doctrina, sino en los apellidos de la cúpula. Mientras en la UDI y en RN seguían mandando los Larraín, los Chadwick, los Errázuriz, los Coloma o los Espina —herederos directos de la oligarquía tradicional—, los nuevos partidos de derecha han sido encabezados por apellidos de migraciones europeas del siglo XX (Kast, Kaiser, ¿Parisi?) o sectores regionales. La excepción histórica a este esquema fue el «piñerismo» y su creación, Evópoli: una anomalía personalista donde Sebastián Piñera intentó emular el mito de Arturo Alessandri Palma o Carlos Ibáñez del Campo, buscando construir una vía propia para arbitrar los destinos del fundo.
4. La hacienda en la ciudad: Paternalismo y «sublime caridad»
A pesar de sus rencillas religiosas, conservadores y liberales estaban plenamente de acuerdo en lo fundamental: la defensa irrestricta del capitalismo, la propiedad privada y el rechazo categórico a la noción de lucha de clases. Como señalaba el historiador Thomas Wright, la derecha chilena entendía el progreso bajo la exigencia de relaciones armónicas de clase, orden y trabajo.
Esa armonía no era otra cosa que la traslación del modelo jerárquico y paternalista de la hacienda rural al espacio urbano. La élite trataba a sus subordinados —fueran obreros o profesionales de clase media— bajo la misma condescendencia con la que el patrón trataba al inquilino. La prueba gráfica de esta mentalidad quedó registrada en la dedicatoria que Agustín Edwards Eastman escribió en un libro regalado al director de El Mercurio, Clemente Díaz: «Con un abrazo paternal de su viejo patrón». Lejos de ofenderse, Díaz mostró con orgullo la dedicatoria en una carta pública difundida por el Diario Ilustrado en 1946. El gerente general de la empresa celebraba su condición de siervo mimado por el señor.
Esta concepción del orden social fue sintetizada de manera descarnada por el dirigente conservador Alejo Lira Infante en una convención partidaria:
«Solamente la cristianización de la sociedad podrá dar paz a los pueblos: con mucha generosidad en los de arriba, sin rebeldía en los de abajo, en contra de esa natural e inevitable diversidad de situaciones de todo orden que no está a nuestro alcance suprimir, a lo sumo atenuar por medio de la práctica de la justicia social y la sublime caridad.»
La fórmula era perfecta: la desigualdad es un hecho «natural e inevitable». No se debe erradicar, sino apenas anestesiar mediante la beneficencia de los ricos y la resignación de los pobres. Sin rebeldía abajo y con paternalismo arriba, la hacienda podía seguir funcionando en paz.
5. Las orillas del sistema: Agrarios, nacistas y la tercera posición
Fuera de este tronco oligárquico tradicional operaron pequeños movimientos marginales que intentaron impugnar la hegemonía de liberales y conservadores. El más relevante de ellos fue el Partido Agrario, fundado en 1931 por terratenientes del sur (entre las provincias de Talca y Cautín) liderados por Jaime Larraín García Moreno. Los agrarios acusaban a la derecha tradicional de ser una «derechita cobarde» que había entregado el campo para favorecer la industrialización urbana promovida por el Partido Radical.
Posteriormente, este grupo derivó en el Partido Agrario Laborista (PAL) y en diversas facciones que oscilaron entre el ibañismo, el corporativismo y el populismo, proponiendo la creación de un Senador funcional representado por gremios y sindicatos en lugar del sufragio universal puro.
Por otro lado, el Movimiento Nacional Socialista (MNS) de Jorge González Von Marées, fundado en 1932, constituye un caso aparte que no puede situarse simplistamente dentro de la derecha tradicional. Los nacistas chilenos —que representaban un nicho electoral cercano al 4%, similar al peso histórico del Partido Comunista o a los votos duros de la tercera posición actual— se definían a sí mismos como una fuerza de izquierda, antioligárquica, estatista y profundamente anticapitalista. Reivindicaban un estado portaliano autoritario que regulara la economía, rechazando tanto al marxismo como a la burguesía tradicional enriquecida con el salitre. Su enfrentamiento a muerte con el gobierno de Arturo Alessandri en 1938 los llevó a pactar con el Frente Popular, demostrando que el fascismo criollo fue un actor marginal y ajeno a los partidos históricos de la élite propietarios.
Conclusión: El hilo invisible de la hegemonía
El recorrido por la arquitectura política de la derecha de mediados del siglo XX devela que el poder en Chile ha operado bajo una inercia de larguísima duración. Cambian las siglas de los partidos y se renuevan los rostros en el Congreso, pero la matriz cultural que entiende la sociedad como un fundo administrado por una minoría ilustrada se mantiene intacta.
Ya fuera a través del dogma confesional del Partido Conservador o de la apertura mundana del Partido Liberal, la clase propietaria supo atrincherarse en el Parlamento para proteger el corazón del modelo. Cuando la política contemporánea discute sobre el orden, la caridad o el rol del Estado, no hace más que repetir las notas de una partitura escrita hace cien años en los salones de la élite. Comprender esa continuidad histórica es el primer paso para dejar de actuar como espectadores del juego ajeno y atrevernos a cuestionar, por fin, la legitimidad de sus patrones.