1. El pautero de 23 años y la mentira del gremio apolítico
Para comprender la profundidad del laberinto político chileno contemporáneo, es obligatorio desenterrar las raíces de la campaña presidencial de Jorge Alessandri en 1970 a través del prisma de la biografía de Jaime Guzmán escrita por José Manuel Castro. Ahí tropezamos con una realidad asombrosa: un joven Guzmán, de apenas 23 años, concentraba un poder de influencia inusitado sobre un expresidente de la República. No solo lideraba a las masas juveniles alessandristas, sino que diseñaba milimétricamente la puesta en escena: redactaba las preguntas que los jóvenes debían formularle al candidato en los encuentros y, al mismo tiempo, escribía las respuestas exactas que Alessandri pronunciaría en sus discursos. Ver a un muchacho de veintitantos años «pauteando» al patriarca de la derecha es un fenómeno que evoca de inmediato las dinámicas del Chile actual, donde asesores muy jóvenes operan en las sombras del círculo de hierro de figuras como José Antonio Kast. Tras la derrota electoral, el propio Alessandri ungió a Guzmán como el cerebro encargado de proyectar una «cruzada» hacia el futuro de Chile, consolidando su vocación política a los 24 años.
El gran triunfo intelectual de Guzmán fue empaquetar una respuesta frente a la arremetida de masas de la izquierda y la Democracia Cristiana: la participación popular despolitizada. Su tesis planteaba que los partidos políticos operaban como un «nuevo feudalismo» que corrompía y destruía el alma de las organizaciones estudiantiles, gremiales y sindicales. Proponía un nuevo régimen institucional donde las sociedades intermedias —los gremios— gozaran de autonomía para resolver los problemas mediante el uso exclusivo de la «ciencia y la técnica», arrinconando a las ideologías y castrando las facultades del parlamento.
Exigirle a los gremios que se mantengan al margen de los partidos es, en sí mismo, un acto profundamente político e ideológico. El problema es que el diseño de Guzmán venció: la sociedad chilena actual asumió esa pauta. Hoy la gente busca participar de forma activa en sus grupos intermedios —como consumidores, en sus juntas de vecinos o en sus hobbies—, pero delegando de manera pasiva y con asco la acción política real, dejando el tablero libre para la mantención del statu quo.
2. El «Gambito Frei» y la doble moral histórica de 1829 y 1970
La historia de la derecha chilena es la historia de un doble estándar constitucional que se repite como un bucle cada vez que la soberanía popular amenaza sus intereses económicos. Cuando Salvador Allende obtuvo la primera mayoría relativa en septiembre de 1970, el comando de Alessandri y el propio Jaime Guzmán orquestaron el llamado «Gambito Frei». La maniobra consistía en presionar al Congreso para que ignorara la primera mayoría de Allende y eligiera en su lugar a Alessandri (la segunda mayoría). Acto seguido, Alessandri renunciaría de inmediato para convocar a nuevas elecciones, permitiendo que Eduardo Frei Montalva compitiera y salvara el modelo. Incluso Alessandri, que cultivaba una imagen pública de rectitud impertérrita y honestidad republicana, estuvo de acuerdo en participar en esta leguleyada de dudosa ética política con tal de atajar al marxismo.
Esta jugada de secretaría es el calco invertido de la crisis de 1829. En aquel año, el Congreso, dominado por la facción liberal (los pipiolos), utilizó las facultades que le otorgaba la ley para elegir como vicepresidente a la tercera mayoría, saltándose a los candidatos más votados. Para el bando conservador (los pelucones), aquello fue catalogado como una violación flagrante a la Constitución y un insulto a la voluntad popular. Con ese argumento moral, los conservadores desconocieron al gobierno, se levantaron en armas en una sangrienta guerra civil (la Batalla de Lircay) y redactaron la Constitución autoritaria de 1833.
La incongruencia histórica es brutal: en 1970, la derecha chilena estuvo dispuesta a ejecutar exactamente la misma maniobra de «meter la mano por secretaría» que en 1829 consideró un pretexto legítimo para un Golpe de Estado. La lógica de la élite es invariable a lo largo de 200 años: cuando la primera mayoría les favorece, exigen un respeto irrestricto a la voluntad popular; cuando no les favorece, buscan intervenir institucionalmente para elegir al segundo y anular el resultado por secretaría.
3. El pánico de los patrones: Del «Mamo» a los tanques en neutro
El relato del programa de la Unidad Popular (1970-1973) no se puede leer con la frialdad de un manual de historia; hay que mirarlo con la ironía y el humor negro que amerita el pánico absoluto de la élite económica ante la amenaza de la expropiación de los bancos, la gran minería, los monopolios industriales y la Escuela Nacional Unificada (ENU).
Si encarnamos por un momento la psicología de ese gran terrateniente o empresario histórico chileno, el monólogo del patrón acorralado se vuelve una comedia trágica. Imaginemos al dueño de la tierra, parte de esos grandes conglomerados financieros, gritando aterrado en el living de su casona de Vitacura: «¡Esto se viene feo, llamen de inmediato a 'Crash Note' (Krassnoff) y al 'Mamo' Contreras para que ordenen la casa antes de que los comunistas nos quiten el fundo!». El patrón corre a la ventana, mira al patio y le grita a su inquilino de confianza: «¡Oye, Venancio, corre al hangar, súbete al Hawker Hunter, cárgalo con combustible y cohetes que se nos viene el marxismo!».
Pero lo que verdaderamente descolocaba y aterrorizaba a «nuestros patrones» no era la posibilidad de una guerrilla armada, sino la desconcertante propuesta de Allende: la «Vía Chilena al Socialismo». Allende pretendía hacer una revolución de raíz pero respetando la institucionalidad y la democracia burguesa, un aporte inédito a la teoría marxista global que mantenía a las Fuerzas Armadas amarradas a su neutralidad institucional. Siguiendo con la farsa del patrón, al enterarse de que el cambio venía por la vía legal, tiene que volver a gritarle al peón: «¡Frena, frena! ¡Apaga los motores del avión y déjalos en neutro, que estos rotos van a expropiarnos usando el mismo Congreso de nosotros!».
4. El Gremialismo como garrote y la tentación iliberal
Ante esta revolución legalista, el gremialismo diseñado por Guzmán abandonó las fronteras universitarias y se transformó en la principal herramienta de choque en las calles para desestabilizar al gobierno de la Unidad Popular. Aunque la teoría de Guzmán juraba que el poder social (los gremios) y el poder político debían correr por carriles separados, en la práctica esa frontera se difuminó por completo: los gremios actuaron como un partido político de facto para asfixiar a Allende.
Guzmán despreciaba la ingenuidad de los liberales tradicionales, a quienes criticaba por cometer el error de darle más valor a las formas democráticas y procesales que al contenido de fondo de las leyes. Argumentaba que se podía perfectamente instaurar un régimen totalitario sin infringir ninguna disposición legal de forma.
Esta matriz intelectual de Guzmán conecta de forma directa con la fascinación que los sectores conservadores y derechistas actuales sienten por los regímenes «iliberales» modernos, como el de Viktor Orbán en Hungría. Al igual que Guzmán en su época, la nueva derecha comprende que no es necesario romper la Constitución con tanques si puedes vaciar la democracia desde adentro, utilizando la propia legalidad, el control de los tribunales y los resquicios institucionales para consolidar el poder de la elite.
Conclusión: La tregua que jamás se debe dar
El exitoso primer año económico de la Unidad Popular —que logró crecimiento y una baja inflación notable— desató el pánico definitivo en la oposición porque demostró algo peligroso: que era posible hacer transformaciones radicales ganando apoyo popular masivo en las urnas.
La gran lección táctica que la derecha extrajo de ese periodo y que quedó grabada a fuego en su ADN político es que jamás se le debe dar un solo año de tregua a un gobierno de izquierda. Es una línea de conducta que conecta de línea directa a Jaime Guzmán con las tácticas de empresarios contemporáneos como Nicolás Ibáñez frente al gobierno de Gabriel Boric. Aprendieron que la oposición debe ser implacable, obstructiva y feroz desde el primer día, articulando la movilización social de los gremios con el bloqueo institucional en el Parlamento para asfixiar al adversario antes de que logre consolidar su relato. Para la hacienda criolla, el juego democrático es una herramienta útil, pero la propiedad y el control del fundo son sagrados. Si las reglas del juego no garantizan el orden del patrón, se cambia el árbitro o se rompe la pelota por secretaría.