El sistema digestivo de los símbolos: Rigidez cultural y la «guerra de los dioses» en Alberto Mayol
1. El gran malentendido: ¿Evolución o transformación?
Cuando miramos de cerca cómo cambian las sociedades, solemos confundir dos movimientos que corren en direcciones opuestas: la evolución cultural y la transformación social. Casi toda la sociología y la política de trinchera meten ambos conceptos en el mismo saco, pero el análisis del «momento intersticial» —ese durante del cambio, cuando el viejo orden cruje y el nuevo aún no tiene forma— nos obliga a trazar una línea divisoria de manera urgente.
En el capítulo 4 de su libro Transvaloración, Alberto Mayol establece una distinción fundamental para entender este quiebre. La evolución cultural no es una revolución; es un proceso continuo, acumulativo e inercial donde el sistema existente se consolida y mejora (un «enchulamiento» o actualización a una versión 2.0). El sistema simplemente se perfecciona para reafirmar y consolidar la trayectoria que ya traía.
La transformación social, por el contrario, es un evento de discontinuidad brusca, una ruptura radical de esa inercia evolutiva impulsada por una crisis o un choque externo. Aquí los vectores se vuelven inestables, las certezas retroceden y los símbolos que daban orden a la vida cotidiana caen en un estado de disputa abierta. Si la transformación fracasa, la sociedad se hunde en el marasmo, el estancamiento o el colapso absoluto; si es exitosa, logra la hazaña de configurar una nueva forma cultural.
2. Las tres estaciones hacia la rigidez dogmática
Cuando una sociedad decide no transformarse y opta por la inercia de la evolución para proteger su ordenamiento, obliga a sus formas simbólicas a transitar por tres incrementos estructurales que las van petrificando de manera gradual:
El incremento en el valor de cambio sociológico: Es el punto de partida donde un gesto libre o una acción espontánea es capturada por el sistema y migra hacia la institución. Pensemos en un simple trozo de tela amarrado a un palo. Al principio no es nada, pero cuando el sistema le otorga valor sociológico, lo convierte en una bandera nacional: una institución normativa protegida por leyes, presupuestos oficiales y fechas conmemorativas, por la cual el Estado exige el sacrificio de vidas humanas. El símbolo se vuelve reproducible, funcional y normativo.
El incremento de la absorción semiótica: Aquí la cultura opera literalmente como un «sistema digestivo». Los signos ya no son meros puentes de comunicación; funcionan como captadores y procesadores de la energía social inestable —los malestares materiales, las emociones o los conflictos—. El sistema absorbe este combustible afectivo y lo metaboliza para convertirlo en cohesión. Es el momento preciso en que, siguiendo a Max Weber, un «poder» amorfo y violento se digiere para transformarse en «dominación»: una probabilidad estructurada de gobernar.
El incremento hacia el Grado 1 de las formas simbólicas: Es la última estación, la fase de cristalización final. Los símbolos pierden toda su multiplicidad creativa y su ambigüedad originaria para transformarse en sistemas cerrados, dogmáticos y puramente normativos. El sistema ya no convence, exige obediencia obligatoria, reduciendo a cero la tolerancia a la innovación.
3. Del Grado Cero al Grado Uno: El viaje hacia la asfixia
Para explicar la rigidez final de una cultura, el análisis de Transvaloración utiliza conceptos del semiólogo Roland Barthes. Toda forma simbólica se mueve entre dos polos fundamentales: la libertad de la nada y el calabozo del dogma.
A un extremo tenemos el Grado Cero. Es el equivalente a la poesía pura o a la «nada» posibilitadora. Es un espacio en blanco, un punto de pura pluralidad y ambigüedad radical donde las ataduras al sistema se disuelven y las reglas se escapan, abriendo ante nosotros un universo infinito de posibilidades de ser. Es el origen donde el sentido aún no ha sido domesticado por el mercado ni por el Estado.
Al extremo opuesto se encuentra el Grado Uno: el estado rígido, anquilosado, donde las reglas están fijadas, el paradigma está cerrado y el significado ha sido definido sin admitir variabilidad.
El problema fundamental es que un sistema de valores abandonado a su propia inercia evoluciona siempre, de manera inevitable, desde el Grado Cero hacia el Grado Uno. Las sociedades tienden de forma natural hacia la rigidez, la norma coercitiva y las cosmovisiones cerradas para protegerse de la angustia que les provoca la imprevisibilidad del mundo material. Cuando un sistema cultural llega al Grado Uno, entra en parálisis y no puede transformarse a sí mismo desde adentro.
Para que exista una verdadera transformación, es necesario que este dogma establecido choque violentamente contra un universo de valores externo y radicalmente distinto: la «guerra de los dioses» de Weber. Este choque frontal obliga al sistema rígido a retroceder hacia estados más cercanos al Grado Cero, reabriendo un espacio donde los significados y los valores pueden volver a ser disputados.
4. La gran fisura: Gestionar el tablero versus destruir el juego
Es precisamente aquí, en la mecánica de la transformación, donde se abre una fisura irreconciliable entre la mirada sociológica de Mayol y la mía, que se sitúa desde la filosofía y la ontología. La diferencia fundamental no es técnica, sino de actitud existencial frente al vacío y las crisis culturales. Mientras la sociología busca gestionar el cambio, la ontología busca una ruptura total.
En primer lugar, tropezamos con el objetivo mismo de estudiar el momento intersticial. Mayol se adentra en el caos para descubrir sus «leyes» y proponer un método que le permita a la sociedad apropiarse de esas dinámicas. Su meta es transformar la dirección de la cultura, pero manteniendo una inercia evolutiva controlable. Yo, en cambio, inspirado en Nietzsche y Heidegger, miro ese mismo instante de quiebre no para encontrar leyes que administren el nuevo orden, sino para buscar una «salida». Quiero aprovechar la crisis para romper con el eterno retorno y con la voluntad de poder que lleva siglos domesticando la historia occidental.
Esto nos lleva a la actitud frente al «abismo» de valores. Mayol le tiene un horror sociológico al vacío; intenta a toda costa evitar la angustia existencial. Por eso, su propuesta para enfrentar el quiebre cultural consiste en «saltarlo», utilizando los valores e instituciones del pasado como si fueran lianas para balancearse de manera segura por encima del abismo, cuidando no caer en él. Mi postura es la opuesta: sostengo que la única forma de hacer aparecer posibilidades verdaderamente nuevas y genuinas es soltar las lianas, renunciar a la seguridad del fango conocido y lanzarse de cabeza al abismo nihilista.
Finalmente, esta disputa se cristaliza en cómo entendemos el Grado Cero. En el modelo de Mayol, el choque externo debe hacer que la cultura retroceda desde su rigidez (Grado 1) hacia un estado cercano al Grado Cero para que los significados se vuelvan a disputar (un nivel 0.3, por ejemplo). Pero Mayol arruga: no quiere llegar jamás al Grado Cero absoluto porque sabe que, sociológicamente, la ausencia total no existe y significaría el colapso del sistema.
Para mí, el Grado Cero absoluto no es el colapso; es la nada posibilitadora, el ámbito de la pura posibilidad de ser. Al no atreverse a tocar la nada absoluta, Mayol se queda a medio camino, atrapado inconscientemente dentro de la misma imagen de mundo de la metafísica occidental que pretende criticar.
Conclusión: El eterno retorno de las reformas
En definitiva, la propuesta de Alberto Mayol en Transvaloración es un intento sofisticado por reformular las reglas del juego dentro del mismo tablero de siempre, cambiando la dirección de los valores para iniciar un nuevo ciclo hacia el orden y la rigidez (del 0 al 1). Es una ingeniería de los símbolos.
El camino ontológico que sostengo, en cambio, busca destruir o salir de ese tablero. El enfoque sociológico y reformista de Mayol, por más revolucionario que se pinte, está condenado a un ciclo interminable: un eterno retorno de transformaciones y restauraciones que cambian los nombres de los dioses en el poder, pero que nunca rompen el molde de la dominación técnica. La verdadera liberación no es cambiar la dirección del tren; es tener el coraje de descarrilarlo en el Grado Cero absoluto para empezar a habitar.