La trampa de la liana sociológica: El falso Grado Cero de Alberto Mayol y el abismo del ser
1. El nacimiento del signo y el viaje hacia la momificación
Para desarmar las promesas de renovación cultural que inundan el discurso político actual, es imperativo adentrarse en el capítulo 6 de Transvaloración de Alberto Mayol. Su modelo teórico, fuertemente inspirado en la semiología de Roland Barthes, nos ofrece un mapa para entender cómo nacen, envejecen y mueren los símbolos que ordenan nuestra existencia.
El punto de partida de este viaje es el Grado Cero: un estado originario, previo a la domesticación institucional, donde las palabras, los gestos y los símbolos gozan de total libertad. En este espacio, las formas culturales son desnudas, polisémicas y flotan como una pura posibilidad de significación. Mayol lo ilustra con una decisión individual simple: el hecho de no robarle a alguien a pesar de tener la oportunidad real de hacerlo. En el Grado Cero, ese acto es un acontecimiento libre, desprovisto de una carga o exigencia social definitiva.
Sin embargo, la cultura humana no tolera la flexibilidad por mucho tiempo. La sociedad, en su necesidad crónica de orden y predictibilidad, comienza a fijar y encadenar los significados. Así, el simple acto de no robar adquiere una significación comunitaria y se transforma primero en un valor (la honestidad); luego se endurece hasta volverse una norma coercitiva con sanciones legales, y finalmente se consagra en una institución.
Este proceso evolutivo e inercial disminuye la libertad de los signos y aumenta su univocidad, hasta arrastrarnos al extremo opuesto: el Grado Uno. El Grado Uno representa la máxima rigidez, la petrificación absoluta y la momificación cultural. Es el estado asfixiante que observamos hoy en la policía moral de las redes sociales o en los extremismos políticos que defienden ciegamente sus ideologías como dogmas incuestionables.
2. La tragedia de la cultura y el absurdo institucional
Una vez que el orden simbólico se congela en la parálisis del Grado Uno, sobreviene un fenómeno que Mayol rescata a través del pensamiento de Georg Simmel: «la tragedia de la cultura».
Llegado a este punto de rigidez, el andamiaje cultural creado por el ser humano adquiere una vida completamente autónoma, abriendo una grieta insalvable entre el sujeto creador y el producto objetivado. Al ensancharse esta distancia, la incesante producción de elementos culturales —leyes, discursos, burocracia, contenidos— pierde totalmente su capacidad de darle sentido a la realidad material y cotidiana de las personas. La cultura se vuelve esquemática, estéril, un laberinto pletórico de sinsentido y absurdo que ya no cobija, sino que aprisiona.
Para escapar de esta asfixia, la lógica sociológica de Mayol advierte que la sociedad no puede simplemente seguir avanzando en la misma dirección sin colapsar por completo. Su solución plantea la necesidad de un quiebre violento —una transvaloración— que irrumpa como un deus ex machina en el teatro de la historia. Esta fuerza disruptiva debe inyectar novedad para desbaratar el estancamiento, forzando un retorno controlado hacia el Grado Cero para devolverle la flexibilidad y la capacidad de resignificación a los símbolos, suturando así la fractura social.
3. La gran impostura: Inversión de signos frente a la Nada absoluta
Es precisamente en este punto de quiebre donde mi lectura intercala una crítica ontológica radical, utilizando las herramientas de Martin Heidegger y Friedrich Nietzsche para desnudar las limitaciones de la ingeniería sociológica de Mayol.
En primer lugar, hay que denunciar el falso Grado Cero de Mayol. Al autor, en el fondo, le horroriza el vacío absoluto de la nada originaria. Su sociología le teme al abismo, y por eso su propuesta no es llegar al Grado Cero absoluto, sino retroceder tácticamente a un «Grado 0.1 o 0.2». Busca un entorno temporalmente líquido, una crisis controlada que sirva como suelo para volver a fundar, barajar de nuevo y disputar nuevos valores sociales dentro de las mismas reglas del juego.
Esta operación demuestra que la transvaloración de Mayol es una revolución mocha que sigue atrapada en los tentáculos de la metafísica occidental y de la «voluntad de poder». Su propuesta consiste simplemente en invertir los signos. Es el equivalente técnico de pasar de un sistema de 120 volts a uno de 220 volts: la potencia cambia, el discurso se renueva, pero la dinámica de imponer valores sobre la vida sigue intacta, perpetuando el eterno retorno de lo mismo.
Del mismo modo, su confianza en el deus ex machina y en la inyección de novedad como motor de salvación es una ilusión teórica. Como bien explicaba Heidegger, «la novedad es lo más consumidor». La novedad no rompe el sistema; es exactamente el mecanismo mediante el cual la voluntad de poder se asegura, se maquilla y se acrecienta a sí misma para seguir operando sin ser descubierta. La novedad es el combustible de la momificación.
Conclusión: Soltar la liana y abrazar el abismo
Al cerrar el capítulo 6, la tensión queda expuesta de manera irreconciliable. Alberto Mayol busca una transformación cultural que funcione como una liana: quiere usar los materiales del pasado para balancearse por encima del abismo existencial y aterrizar a salvo en un nuevo ciclo de orden, rigidez e institucionalidad (del 0 al 1). Es una reforma del tablero.
Frente a esa ingeniería de reparación, la alternativa que sostengo junto a nuestra comunidad es la destrucción ontológica de la imagen de mundo dominante. Nosotros no queremos pintar los rieles ni cambiar la dirección del tren; queremos soltar las lianas y tirarnos de cabeza al abismo del ser.
Nuestro objetivo político y existencial no es el diseño de nuevos valores para que el Estado o el mercado los digieran en su sistema semiótico. Buscamos salir definitivamente del nihilismo y de la voluntad de poder, abriendo espacio a «otro pensar» que sea ajeno a la domesticación metafísica. La verdadera liberación no se alcanza negociando los términos de nuestra sumisión en un nivel 0.3; se logra habitando el Grado Cero absoluto, asumiendo la intemperie de la nada como el único territorio donde el ser humano puede recuperar su derecho a existir. El próximo capítulo nos promete pasar de la materia-cultural a la energía-significado, pero la pregunta de fondo ya está planteada: ¿vamos a seguir reparando la máquina o estamos listos para romper el tablero?