1. El bosque geométrico y el olvido de los árboles

Hay un punto ciego fundacional en la forma en que la modernidad nos enseñó a entender la realidad, y el objetivo de Martin Heidegger en su crítica a René Descartes es, precisamente, desmantelar esa ceguera. Descartes cometió el error ontológico de ignorar por completo el mundo de nuestra experiencia diaria; pasó por alto los entes con los que tratamos de forma inmediata en la cotidianeidad, aquello que denominamos los «útiles» o lo que está simplemente «a la mano».

Obsesionado con medir el mundo geométricamente, Descartes terminó sufriendo una especie de miopía teórica: por estar midiendo el bosque con fórmulas, fue incapaz de ver los árboles. Los seres humanos no experimentamos la realidad como calculadoras ambulantes; nos relacionamos con el entorno a través del uso práctico de las herramientas, antes de cualquier teorización abstracta.

Al decretar que la única vía legítima para acceder al mundo es el conocimiento físico-matemático, Descartes descartó los sentidos y dictaminó a la fuerza que la realidad material debía ajustarse a los números. El resultado de esta operación fue devastador: vació el mundo de toda su riqueza sensorial, afectiva y cotidiana. Bajo este enfoque cartesiano, nuestros sentidos quedaron relegados a ser simples alarmas biológicas, mecanismos utilitarios que solo sirven para avisarnos si algo es provechoso o peligroso, perdiendo por completo su valor para comprender el sentido profundo de la realidad.

2. La física del ingeniero y el falso problema del conocimiento

Al orientarse exclusivamente por las matemáticas, la modernidad redujo el ser a la res extensa: aquello que tiene una permanencia constante y medible en el espacio. Esto genera aberraciones conceptuales que se mantienen vivas en ciertos discursos científicos e ingenieriles de la actualidad. Hoy escuchamos a ingenieros que, para explicar la experiencia fenoménica de la dureza o el tacto, argumentan de forma fría que tocar un objeto es simplemente un choque de velocidades, una resistencia geométrica o una transferencia de energía. Al hacer eso, se pasan por la viola la experiencia vital, humana y carnal del tacto, cosificando nuestra relación con las cosas.

De esta amputación nace el famoso —y absurdo— «problema del conocimiento» que ha entrampado a la filosofía por siglos: la pregunta de cómo un sujeto aislado (res cogitans), encerrado en la torre de su propia mente, logra salir de sí mismo para conocer un mundo exterior que le es ajeno.

Esto representa un choque titánico de paradigmas. Los seres humanos no somos entidades aisladas, no somos fantasmas flotando en un vacío material que miran el mundo a través de una ventana. Nuestra esencia fundamental es estar inherentemente incrustados, conectados y arrojados en un mundo que ya está lleno de significado. Somos participantes activos de la existencia, no espectadores desconectados que necesitan demostrar la realidad de lo que tienen al frente.

3. El pegoteo de los valores y el peligro de «Juanito»

Heidegger advierte con lucidez que el error cartesiano no se arregla intentando añadirle «predicados de valor» a la materia inerte. No podemos andar por la vida viendo cosas mudas a las que después les pegamos etiquetas morales o estéticas (decir que algo es «bonito», «feo» o «útil») para intentar devolverles el sentido. Las cosas se nos presentan desde su utilidad y significado originario:

  • La casa: No es un montón de ladrillos, concreto y física al que después le asignamos el valor de «refugio» o determinamos si es grande o chica. Su sentido primero y auténtico es ser un lugar para habitar, para cobijar a la familia y guarecerse de la lluvia.

  • La televisión: No se experimenta fenoménicamente como un aparato eléctrico medible que proyecta ráfagas de luz e imágenes; es un útil a la mano que nos abre la posibilidad concreta de pasar una buena tarde viendo un partido de fútbol con los amigos.

El verdadero peligro social emerge cuando aplicamos esta fría lógica cartesiana a las personas. Si miramos a alguien —llamémosle «Juanito»— como una mera cosa física que está ahí arrojada, a la cual posteriormente le asignamos el «valor» de sernos útil para un proyecto o para hacerlo trabajar como inquilino, destruimos por completo nuestra relación fenoménica y ética con él. De esa visión cosificadora a entender a los seres humanos meramente bajo el concepto empresarial de «capital humano» hay un solo paso. Transformamos al prójimo en un engranaje optimizable dentro de la planilla de la hacienda globalizada.

Conclusión: El eco de la voluntad de poder

Descartes no llegó a este monumental error por casualidad; llegó por someterse de manera acrítica a la ontología tradicional heredada desde Parménides, que siempre priorizó la permanencia y la presencia constante de las cosas por sobre su devenir. Es interesante contrastar esto con Aristóteles: aunque el estagirita valoraba enormemente la teoría para acceder a lo divino, también tuvo la lucidez de rescatar la frónesis (la prudencia), ese saber práctico, situado y cotidiano de la vida que la modernidad mercantil terminó aplastando.

Incluso hoy, en el debate intelectual contemporáneo, vemos a figuras de la escena pública como Magdalena Merbilhá intentando defender la primacía del «objeto» sobre las distorsiones del sujeto. Lo paradójico es que, al hacerlo, siguen operando ciegamente bajo la misma matriz cartesiana, porque se necesita de un sujeto técnico que decrete, mida y defina qué es esa supuesta objetividad.

Detrás de la obsesión de Descartes por purgar el mundo de misterio y entenderlo solo a través de lo calculable, lo que realmente se esconde es un impulso profundo por dominar, asegurar y controlar la realidad. Es la voluntad de poder en su estado más puro, transmutada en método científico. Al reducir el universo a extensión geométrica, nos autoproclamamos amos de la naturaleza, pero nos encerramos en la jaula del nihilismo. La tarea actual no es seguir perfeccionando las herramientas de medición, sino recuperar el asombro del habitar y recordar que el sentido de las cosas no se calcula: se comprende en las prácticas cotidianas de nuestro estar en el mundo.

Agregar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *