Por qué debiera preocuparnos la Zona Austral (Parte 1)
Lo primero de lo que debe preocuparse el Estado —que es la fisonomía de una unidad de existencia histórica— es de su pueblo. El Estado es el ser de un pueblo. Hoy en día, la fuerza de trabajo chilena y, en especial, las clases medias se encuentran estancadas: cargadas de altas expectativas, un elevado endeudamiento y un bienestar emocional crítico. Sus expectativas están frustradas. La economía chilena lleva casi dos décadas con la productividad paralizada; la clase media tocó techo. Por ello, se requiere una innovación no solo del modelo económico, sino del modelo de sociedad, pues este abarca variables que trascienden con creces lo meramente financiero.
Chile es la continuación de un orden hacendal que aún pervive. Este se expresa en una estructura social dividida entre una élite patronal, una masa trabajadora inquilina o peona y un vagabundaje funcional a la hacienda como la contracara del orden, manifestado hoy en la informalidad y en el emergente fenómeno de la narcocultura dentro de una geopolítica urbana periférica.
El inquilino y el peón de hacienda (las dos caras de la derecha y la izquierda tradicionales, respectivamente) chocan contra un orden hacendal «enchulado» de corte neoliberal. Este modelo ya no da más posibilidades que las ofrecidas hasta 1998 y extendidas artificialmente hasta 2010 gracias al boom del cobre. A partir de allí, la crítica social emergió y estalló finalmente en 2019, intentando canalizarse por vías institucionales y constitucionales que fracasaron.
El estancamiento persiste tras los «paracetamoles» de la izquierda posmoderna y la promesa de una gran reforma económica acompañada del retorno del orden por parte de la nueva derecha populista. Sin embargo, el temple anímico epocal sigue ahí. Las oportunidades y amenazas de la tecnología generan más ansiedad que depresión en estas clases medias frustradas. Sus expresiones han derivado en estallidos sociales y electorales (como el PDG o el Partido Nacional Libertario). Este temple anímico permanece abierto y templando, sin que comprendamos aún su sentido ni hacia dónde se dirige. Mientras tanto, la situación fáctica de la clase media sigue dopada, gestionada y administrada como en la antigua hacienda, a la espera del «peso de la noche».
Paralelamente, las élites chilenas —las clásicas y las emergentes— atraviesan una guerra civil interna:
La fronda liberal cosmopolita: Compuesta por antiguas familias del tronco liberal y nuevos empresarios (de orígenes europeos, semitas, del retail, la minería, la banca, el comercio decimonónico y el sector marítimo). Sus negocios e inversiones están internacionalizados ($150.000 millones ya fuera de Chile), por lo que presionan sobre el país sin un verdadero arraigo.
El tronco conservador patronal: Arraigado a la tierra del Valle Central y a la hacienda (cuya expresión material de 400 años está extinta). Venidos a menos, se acomodan apelando a la soberanía, la defensa civilizatoria, las batallas culturales y el anticomunismo para ocultar su temor a perder el control frente a la «decadencia de Occidente».
Mientras tanto, el Estado —nacido del criollo conservador pelucón y transformado en un ente subsidiario— intenta mantenerse vigente mediante una burocracia agrupada en corporaciones para resistir el «no hay plata». Entre estos empleados fiscales destacan las Fuerzas Armadas y Carabineros. Las FFAA representan la estructura estatal más relevante por la tenencia de las armas; sin embargo, en 2019 mostraron escasa disposición a defender el orden establecido («yo no estoy en guerra con nadie»). Esto no se debe a un proyecto político doctrinario, sino a la conducta de un grupo de interés capacitado que no aceptará pérdidas de espacio ni de presupuesto. Por su parte, los mandos medios y bajos, pertenecientes a la clase media frustrada, buscan «hacer la pasada», y sus oficiales en retiro suelen nutrir a los nuevos partidos del populismo de derecha.
Las clases medias continúan vegetando en este esquema parchado con inmigración masiva y cambios en la matriz energética para bajar costos. Aunque se argumente una fuga de capitales por la tasa impositiva del 27% (pactada entre la izquierda y el gran empresariado para financiar los costos sociales), la fronda liberal exige ahora bajar impuestos en un Chile que depende del gasto social: el 92% de la fuerza de trabajo agota su salario en 15 días, y un 60% vive exclusivamente de él. Estas cifras se alinean con los 14 millones de afiliados en FONASA y BancoEstado: el reflejo de un Chile subsidiado e inmóvil que cuenta con la generación más educada de su historia.
El límite actual es un capitalismo financiero que no invierte en productividad y aspira únicamente a ser un hub de servicios digitales para competir en el mundo, generando 100.000 empleos de calidad en un país con un millón de desempleados no calificados. Un esquema diseñado para los dos millones de chilenos que se salvan (el segmento AB de la fronda y el C1a de la clase media alta).
En esta dinámica surgen disrupciones que mueven a sectores vulnerables fuera de las murallas de la hacienda: el vagabundaje de zona fronteriza. No es el proletario que busca invertir el poder desde dentro, sino una subjetividad incondicionada, un puro querer y un «deseo por el deseo»: la voluntad de poder en estado puro. Ontológicamente, es el Da (el «ahí», estar-en-el-mundo) cerrado a la apertura del Sein (el Ser). Es el «Dadaísmo» o «ahí-ahí-ismo»: la presencia en el mundo reducida al consumo, a agotar y devorar en un universo anárquico
La propuesta: La Zona Austral como apertura
Dado que las salidas tradicionales dentro del Valle Central están agotadas —condenadas a la habladuría, la burocracia y el eterno retorno de la hacienda—, la clase media necesita emprender su propio proyecto histórico: construir su «casa» y su propio domo de pertenencia, un espacio que circunde y proteja sin dominar.
Territorialmente, este espacio debe ser la Zona Austral de los Hiperaustrales:
Un nuevo Ser-en-el-mundo: Un hábitat que permita pasar del mero estar al ser, participando activamente en la historia del Ser mediante el temple, la escucha y el discurso auténtico.
El sentido de Ch-i-Le: Interpretado como el llamado al silencio (Chhh) que baja (i) desde la cordillera hacia el río o lugar (Le). Un silencio que apaga la habladuría del centro para dar paso a la escucha y al habla auténtica.
Apertura geopolítica: Mientras el Valle Central representa el espacio de la hacienda y la metafísica del fundamento agotado, la Zona Austral representa la apertura de posibilidades hacia los pasos bioceánicos y hacia la Antártica, el continente del silencio.