1. El dejà vu del valle central

El gran error al estudiar la historia rural de Chile es creer que estamos desenterrando el pasado. Cuando uno lee al historiador José Bengoa y revisa lo que pasó en el valle central durante el ciclo triguero del siglo XIX, la sensación no es de nostalgia histórica, sino de un dejà vu un poco amargo.

Lo que se armó en el campo chileno hace doscientos años no fue un simple negocio agrícola de época; fue el plano arquitectónico de la elite que nos rige hasta el día de hoy. Si miramos con atención las noticias actuales, los tics, los miedos y las mañas de la oligarquía de hoy ya estaban completamente calcados en la mentalidad de los terratenientes decimonónicos.

2. La comodidad de la renta y el pánico a innovar

A mediados del siglo XIX, a Chile le cayó un milagro del cielo: la fiebre del oro en California y Australia. De pronto, el trigo chileno se cotizaba a precios de locura internacional y las fortunas que entraron al país fueron brutales.

Pero mientras competidores directos como Estados Unidos o Argentina usaron esa inyección de capital para tecnificar el campo, comprar maquinaria de punta e industrializarse, la elite chilena prefirió la ruta de la ostentación y el gasto plano. En vez de tractores o sistemas modernos de riego, la plata se fue a París para traer planos de palacetes urbanos y mansiones rurales sacadas de un cuento europeo, como la Hacienda Quilpué.

Hubo una renuncia explícita a sofisticar la matriz productiva. Ahí se instaló esa lógica tan nuestra de ganar plata fácil sin arriesgar capital propio; una mentalidad que prefiere que el Estado construya los caminos, las vías y los puertos, para ellos luego sentarse a «cobrar la pasada».

Esa es la verdadera raíz de lo que los economistas hoy llaman, con tono elegante, «la trampa del ingreso medio». Chile no se estanca por falta de recursos, sino porque heredamos una clase empresarial genéticamente rentista, que prefiere exprimir materias primas antes que invertir en conocimiento, tecnología o valor agregado.

3. Las dos almas de la derecha: El fundo y el puerto

Otro punto ciego que el análisis de Bengoa ayuda a iluminar es la supuesta unidad monolítica de la derecha chilena. En realidad, el mapa político actual se entiende mucho mejor cuando se desarma la trenza social del siglo XIX, donde convivían dos mundos que se necesitaban, pero se miraban con profunda desconfianza:

  • El Fundo (Los Terratenientes): Los dueños de la tierra del valle central. Católicos, conservadores, defensores del orden patrón-inquilino. Este grupo era el núcleo del poder social tradicional y, aunque después se emparentó con los nuevos ricos de la minería, su lógica siempre fue la conservación del statu quo a toda costa.

  • El Puerto (Los Merchant Bankers): En Valparaíso y Viña del Mar emergió una burguesía comercial y financiera, plagada de apellidos extranjeros, que no quería saber nada de comprar tierras ni de embarrarse las botas. Su negocio era ser los prestamistas y los compradores monopólicos del trigo. Cobraban comisiones altísimas y ahogaban a los agricultores, generando roces permanentes.

De esos comerciantes que traían las ideas del libre mercado más puro viene la matriz de la derecha liberal, corporativa y cosmopolita de hoy; esa que se atrinchera en fundaciones y think tanks de Santiago para defender la desregulación total y la globalización.

4. El relato, la prensa y el laboratorio neoliberal

El poder económico nunca se sostiene solo con billetera; necesita controlar el sentido común. Ahí es donde entra la mutación de ciertas familias, como los Edwards, que pasaron de la minería y la banca comercial a consolidar un monopolio ideológico a través de la prensa escrita.

Este control del relato no fue un accesorio decorativo, sino un arma política. La preparación del terreno para el Golpe de Estado de 1973 no se entiende sin esa red histórica que conectaba a los dueños de los medios con la inteligencia extranjera, financistas internacionales y la oficialidad de la Armada. Esa misma elite usó su influencia histórica para abrirle la puerta a los Chicago Boys y refundar el país bajo el modelo neoliberal. Cuando sus privilegios corren peligro, la elite chilena siempre ha sabido cómo operar el aparato del Estado a su favor.

Conclusión: La vigencia del patrón

Hoy vemos a organizaciones como la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA) repitiendo exactamente los mismos discursos del pasado, operando como el búnker del ala más conservadora del país.

La contradicción actual es casi cómica: en las pantallas de televisión se escandalizan por los índices de desempleo y le exigen recetas mágicas al gobierno de turno, pero en sus reuniones gremiales la queja constante es que «no hay mano de obra» o que la gente «ya no quiere trabajar». Lo que realmente extrañan es el inquilinaje. Les molesta profundamente que el trabajador actual tenga alternativas alternativas de empleo y que ya no puedan cuadrar sus márgenes de ganancia a costa de pagar sueldos de miseria en el campo.

El análisis de Bengoa nos deja una advertencia incómoda: en Chile la historia parece no avanzar, sino repetirse en círculos. Mientras la estructura profunda del país siga atrapada en la captura de rentas, el monopolio de la información y el desprecio por la modernización laboral, el siglo XIX va a seguir siendo el mejor espejo para entender las noticias de mañana.

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