1. La técnica no es lo que nos han contado

Cuando hoy escuchamos la palabra «técnica», solemos pensar en cosas muy específicas: en un manual de instrucciones, en saber apretar los botones correctos de un software, o en alguien que usa palabras demasiado complejas («es muy técnico lo que estás hablando»). En el día a día, la asociamos casi exclusivamente con la tecnología o con un saber especializado.

Pero la técnica es algo mucho más antiguo y profundo. En su raíz, no es mala ni buena; es simplemente una forma que tenemos los seres humanos de develar la realidad. Una manera de hacer que algo que no existía, aparezca. El problema no es la técnica en sí, sino cómo ha cambiado nuestra forma de usarla. Para entender dónde estamos parados hoy frente a la Inteligencia Artificial, primero tenemos que mirar las dos caras de esta moneda.

2. La técnica que respeta: El saber del agricultor

Pensemos en la técnica antigua, la más pegada a la tierra. El ejemplo perfecto es el de un agricultor tradicional. Él tiene un saber, una técnica que viene de la experiencia acumulada, de haber observado el clima, la tierra y las estaciones.

Para obtener un tomate a partir de una semilla, este agricultor no le exige a la planta que aparezca de la nada. No apura las cosas a la fuerza. Su técnica consiste en acompañar y respetar un ciclo natural: siembra, riega, espera el sol, cuida la tierra y deja que el tiempo haga lo suyo. Es un saber fáctico que no invade; permite que las cosas fluyan y se den a su propio ritmo. Aquí, la técnica devela la vida de manera paciente.

3. La técnica que exige: El imperio del rendimiento

En el otro extremo está la técnica contemporánea, la que domina nuestro mundo actual. A diferencia del agricultor, a esta técnica no le interesan los ciclos ni los tiempos naturales. Es impaciente, invasiva y utilitaria. La vemos en todos lados: desde los tomates modificados genéticamente para que crezcan el doble de rápido y aguanten más en el camión, hasta en la obsesión moderna por encontrar «técnicas para leer tres libros en un día», «técnicas para enamorar a alguien en cinco pasos» o «técnicas para ganarle a la competencia».

Esta forma de hacer las cosas mide el éxito únicamente por el resultado y la productividad. Su fin último es dominar, controlar, catalogar y disponer de todo lo que nos rodea. Todo se convierte en un recurso disponible que debe ser explotado de la manera más eficiente posible.

El puente hacia la IA: Cuando el recurso eres tú

Hasta hace unas décadas, esta técnica contemporánea se enfocaba principalmente en la naturaleza física: dominar los ríos con represas, acelerar el crecimiento de los cultivos o extraer minerales de la tierra. Pero el juego cambió por completo.

La técnica contemporánea mutó en lo que hoy llamamos Cibernética, y su nuevo objetivo ya no son los recursos naturales: somos nosotros.

Para lograrlo, esta técnica echó mano de lo más sagrado y esencial que tenemos: el lenguaje. Pero no lo usa para que nos comuniquemos o nos hagamos preguntas profundas, sino que lo tradujo a su propio idioma: información y datos. Al convertir el lenguaje en un simple medio para obtener resultados, el sistema ya no solo busca optimizar la producción de un tomate; ahora busca optimizar, predecir y controlar nuestra propia conducta.

Conclusión: El peligro de la optimización humana

La técnica contemporánea nos ha vendido la idea de que todo en la vida se puede acelerar, medir y programar si usamos las herramientas correctas. El peligro no es que usemos computadoras o internet, sino que empecemos a mirar nuestra propia vida con los mismos ojos con los que una empresa mira su cadena de producción.

Cuando compramos el discurso de que todo debe ser eficiente y rápido, preparamos el terreno para que una máquina nos reemplace. Porque si nos reducimos a seres que procesan información para obtener resultados, siempre habrá un algoritmo capaz de hacerlo mejor que nosotros.

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