Los rieles rotos del tiempo: El tren neoliberal y la farsa de la batalla cultural
1. El vacío intersticial y la cicatriz de la norma
Hay un momento de máxima tensión en la historia de las sociedades que la sociología clásica llama «el periodo intersticial». Es ese instante de caos absoluto donde un orden epocal ya murió, pero el nuevo todavía no termina de nacer. Se produce entonces un desfase violento: la economía avanza a la velocidad de un tren bala, mientras que la cultura, los símbolos y los valores se mueven con la parsimonia de unos rieles de piedra. Cuando el tren acelera demasiado, los envases culturales simplemente se rompen, dejando a la sociedad flotando en un vacío de sentido.
Para entender este quiebre, no podemos cometer el error de mirar solo las normas jurídicas o las instituciones. La norma es un dato engañoso; es apenas la cristalización del vencedor, la cicatriz institucionalizada de una batalla que ya terminó.
Donde realmente hay que poner el ojo es en los valores, lo que Max Weber llamaba «la guerra de los dioses». La cultura es un conflicto constante entre ideales que chocan entre sí. Cuando una época cambia, como bien vio Nietzsche con su concepto de transvaloración, no se parte de cero. La historia opera por una «conservación por selección»: se toman los materiales y los símbolos del pasado, pero se invierte radicalmente su sentido. El cristianismo primitivo hizo eso cuando tomó el sufrimiento y la debilidad —vistos por los aristócratas romanos como motivos de desprecio— y los transformó en las virtudes supremas para alcanzar el cielo.
2. La liana sociológica frente al abismo existencial
Al leer los análisis contemporáneos de sociólogos como Alberto Mayol, noto un miedo encubierto. Se intenta descifrar estas leyes de transvaloración histórica con un fin casi terapéutico: usar los símbolos del pasado como una «liana» para saltar hacia el futuro de forma segura, evitando a toda costa caer en el vacío.
A mi juicio, ahí hay una profunda cobardía ontológica. Desde una mirada heideggeriana, no podemos pretender saltar amarrados a las estructuras viejas. Las sociedades, al igual que los individuos, necesitan abrazar ese «horroroso vacío» y la angustia existencial. Lanzarse a la nada es, precisamente, lo único que nos permite abrirnos a nuevas posibilidades de ser. Intentar amortiguar la caída con la herencia del pasado solo nos condena a arrastrar los mismos vicios.
Llevado al plano chileno, el modelo neoliberal ha sido un tren lanzado a máxima velocidad que trituró los antiguos rieles de la sociedad tradicional, católica y hacendal. Y aquí es donde la nueva izquierda muestra su mayor ceguera: se han obsesionado con la batalla cultural —con pintar y decorar los rieles— pero sin tocar el motor de la economía capitalista. Al no detener el tren, terminan creando valores supuestamente progresistas que el mismo mercado absorbe, empaqueta y moldea a su favor. Como bien señala Marta Harnecker, la política se obsesionó con dominar la máquina y la vía, pero se olvidó por completo de los pasajeros. Hoy, el tren es conducido de forma autónoma por los CEOs de las grandes corporaciones tecnológicas, mientras el resto de la humanidad viaja rebotando en clase económica.
3. El debate en el vagón: Cuidados, fardos y fatalismo
Este diagnóstico del tren y las vías encendió un debate profundo en nuestra última conversación, donde aparecieron matices que desarman cualquier simplificación.
Anita, desde un feminismo radical y rescatando esa «guerra de los dioses» weberiana, nos recordó que los valores fundamentales como la seguridad, la libertad y la igualdad están en conflicto permanente. Aterrizó la metáfora del tren directo a nuestra historia reciente a través del endeudamiento estudiantil. Hubo un tiempo donde estar endeudado hasta el cuello por estudiar era visto moralmente como un «mérito» y una «inversión»; sin embargo, el choque de valores empujado por los movimientos sociales cambió el envase cultural, transformando ese fardo en un sinónimo de «abuso». Anita defendió, además, que la nueva izquierda no abandonó la lucha material, sino que amplió la definición de la precariedad hacia zonas que el capitalismo siempre invisibilizó: el género, los trabajos de cuidado y la disputa por lo simbólico.
Por otra parte, Pajarito puso sobre la mesa el costo humano de esta fricción. Se preguntó por el dolor implícito de ser el «riel» que recibe el golpe directo y absorbe toda la energía cinética del tren en marcha. Soportar ese impacto destruye vidas y cuerpos. Sin embargo, propuso una salida ética: asumir ese peso destructivo puede transformarse en una especie de misión, un servicio gratuito hacia el mundo para actuar como dique de contención y evitar que la máquina arrase con lo poco que nos queda de humanidad.
4. La trampa tecnológica y la inercia de la masa
Hacia el final de la discusión, las posturas se radicalizaron entre la filosofía del desapego y el determinismo materialista.
Ale Cáceres lanzó un balde de agua fría a la mesa al advertirnos que estábamos peleando por fantasmas. Desde su perspectiva, tanto el tren (la economía) como los rieles (la moral) son simplemente «tecnologías». Al enfrascarnos en la disputa eterna por quién conduce la máquina o quién diseña las vías, nos hemos olvidado del mundo y de nuestra propia condición humana. La propuesta de Ale es una invitación a bajarse: recuperar la conciencia de nuestra existencia fuera de la Matrix tecnológica sería lo único capaz de liberarnos de este conflicto perpetuo.
En la vereda opuesta, Nikin cerró el debate con una visión descarnada y fatalista. Para él, la idea de bajarse o frenar el tren es una hermosa fantasía. El modelo neoliberal no tiene freno de emergencia; es una masa energética gigantesca, irrefrenable y con una inercia histórica brutal. En este esquema, los seres humanos somos simplemente víctimas del mercado, pasajeros secuestrados por una fuerza material. La moral y los valores no son herramientas de resistencia, sino simples resultados que se acomodan a la fuerza y a la época económica que el tren decide imponer.
Conclusión: Habitar la intemperie
El viaje continúa, pero las certezas se han roto. La discusión nos demuestra que el gran peligro actual no es solo que el tren vaya rápido, sino que nos hemos acostumbrado a la velocidad del paisaje virtual.
Ya sea que miremos el tren como una inercia imbatible, como una tecnología que debemos abandonar o como un espacio de disputa material, lo cierto es que los viejos rieles culturales están partidos en dos. La salida no está en buscar desesperadamente una nueva liana sociológica para volver a sentirnos seguros, sino en tener el coraje de mirar el paisaje a la intemperie, asumir la crisis y, en medio de la velocidad, volver a preguntarnos quiénes somos mientras el tren sigue su marcha hacia la nada.