1. La «dasmancracia» y el verdadero sentido de comunidad
Hace poco, en un encuentro nocturno con la comunidad de la transmisión, conversábamos de manera distendida sobre el frío invernal, las selecciones de la Copa América y una curiosidad que no deja de llamar la atención: el hecho de que Chile sea uno de los países que más consume manga y música metal en el mundo. No es una simple anécdota estética; hay ahí una búsqueda subterránea y genuina de autenticidad y rebeldía frente a una cotidianeidad que se ha vuelto completamente mecánica y automática.
Ese tránsito entre la masa y la autenticidad es el núcleo del pensamiento de Martin Heidegger. La mayor parte del tiempo vivimos bajo el imperio del Das Man (el «uno impersonal»), ese anonimato donde la gente hace las cosas simplemente porque «así se hace» o habla de ciertos temas porque «así se dice». Vivimos de forma inauténtica hasta que un quiebre profundo —generalmente la confrontación con nuestra propia muerte— nos obliga a apropiarnos de nuestras verdaderas posibilidades.
El desafío político contemporáneo, expuesto lúcidamente en la tesis de Fernando Guillavert sobre el anarco-existencialismo, es cómo transitar de esa colectividad inauténtica de la masa hacia un colectivo auténtico, al que Heidegger denomina Folk (pueblo). Es crucial limpiar este concepto de las garras del nacionalsocialismo: el pueblo, la tierra (Erde) o el hogar (Heimat) no son una esencia biológica fija de «sangre y suelo», sino una apertura al destino compartido a través de tres pilares: la tradición, el espíritu y, por sobre todo, el lenguaje como el hilo que nos permite proyectarnos al futuro.
Cuando miramos las democracias representativas actuales desde este prisma, lo que descubrimos no es el gobierno de los ciudadanos, sino una «dasmancracia»: el imperio del anonimato y la irresponsabilidad de la masa. El Estado moderno globalizado ha dejado de ser una polis —una comunidad orientada a proteger el sentido de lo humano— para convertirse en una fría máquina administrativa encargada de gestionar a individuos reducidos a simples consumidores.
2. El libertario como funcionario de la nada (El Alfa)
Es en este escenario de descomposición institucional donde el libertarianismo (o anarcocapitalismo) se presenta como la supuesta solución rebelde. Sin embargo, si hacemos un análisis ontológico profundo, descubrimos que esta ideología es la expresión más pura de la «voluntad de poder» y la consumación del olvido del Ser.
Al buscar la eliminación de la comunidad histórica, de la tradición y del lenguaje compartido, el libertario comete un suicidio existencial: niega la estructura fundamental de nuestra existencia, que es el «ser-en-el-mundo» y el «ser-con-otros». El individuo no puede existir en el vacío previo a su comunidad. Como bien advirtió Anita durante la conversación, el error radical del libertarianismo es tomar una configuración histórica muy particular —el individuo moderno como propietario de sí mismo que se relaciona mediante contratos mercantiles— y elevarla falsamente a la categoría de esencia humana universal.
Filosóficamente, el libertario se concibe a sí mismo con una soberbia descomunal: se ve como un dios extramundano, una causa primera incondicionada; el Alfa u origen que decide desde afuera cuándo entrar o salir de la sociedad. Al amputarse del mundo para priorizar un individualismo absoluto, el libertario deja de habitar. Se transforma en un «funcionario de la nada» y en un traidor del Ser, empujando a la comunidad hacia una nada devoradora donde lo único que queda es el consumo perpetuo de objetos para sostener su propia mismidad, destruyendo la política, el conflicto y la pluralidad.
Ampliando esta crítica al entorno material real, Luis Peña aportó una analogía perturbadora: mientras el libertario busca un libre albedrío sin coacción estatal, termina atrapado en una paradoja de hipervigilancia y observación externa. Luis ponía como ejemplo a magnates tecnológicos como Peter Thiel y su empresa de vigilancia de datos Palantir, comparando la actitud del libertario con la de un psicópata: un ente que no vive verdaderamente por sí mismo, sino que existe en un vacío que depende crónicamente de observar, interrogar y fiscalizar al resto desde afuera.
3. El marxismo y el amo intramundano (El Omega)
En la otra vereda de la metafísica occidental se encuentra el marxismo. Si el libertario intenta clausurar la historia situándose fuera del mundo como el origen (el Alfa), el marxista opera desde la vereda opuesta: es un ente plenamente intramundano que intenta clausurar la historia desde el futuro, buscando el fin de los tiempos (el Omega o la sociedad sin clases).
El marxismo es un humanismo extremo que erige al ser humano —entendido puramente como animal racional— en el fundamento y dominador absoluto de la realidad. Bajo su óptica, el mundo queda reducido a un inventario de recursos disponibles que pueden ser planificados, calculados y dominados científicamente. Al buscar una «paz perpetua» donde se elimine la lucha de clases, el marxismo busca, en el fondo, detener el tiempo, el devenir y el conflicto primigenio, cerrando la apertura de las posibilidades del Ser.
En este punto, Anita introdujo una advertencia histórica fundamental sobre los peligros del marxismo ortodoxo al convertir a la clase trabajadora en un «sujeto histórico privilegiado». Cuando un partido político asume que posee la exclusividad para comprender la totalidad del sistema y que conoce los verdaderos intereses del pueblo mejor que las propias personas, el proyecto de emancipación deriva inevitablemente en autoritarismo. Esta visión totalizadora, además, comete el error de subordinar o invalidar otras demandas humanas urgentes —como el feminismo, las disidencias o las causas indígenas— tratándolas despectivamente como meras contradicciones secundarias.
Con todo, el marxismo conserva una pequeña ventaja ontológica frente al libertarianismo. Como el marxista se mantiene dentro del mundo, con los pies en el barro y atento a las condiciones materiales de su existencia, aún guarda la posibilidad de cuestionar su entorno y rebelarse. El libertario, en cambio, al autoexiliarse de la comunidad, destruye cualquier puente con el Ser.
Conclusión: El paso atrás frente al dualismo
Hacia el final de la jornada, la discusión se tensó cuando Gumucio (Vinicius) intervino para defender el análisis materialista, argumentando que el marxismo se sostiene sobre una ontología material propia y que carecía de sentido evaluarlo bajo las categorías de Heidegger, a quien asoció con el idealismo y la culminación del idealismo alemán.
Esta provocación nos permitió despejar el malentendido definitivo de la modernidad. Heidegger no es idealista ni es materialista. Esos dos conceptos pertenecen al dualismo metafísico instaurado por Platón, esa división artificial entre el «más allá» de las ideas puras y el «más acá» de la materia inerte. Lo que el pensar auténtico busca es dar un paso atrás y deconstruir la necesidad misma de buscar un «fundamento» que sostenga las cosas.
Por eso, mi mayor decepción con el autor de la tesis leída (Guilaver) fue descubrir que, a pesar de su etiqueta de anarco-existencialista, declaraba explícitamente su intención de «regenerar la modernidad» dándole un nuevo fundamento ontológico para justificar la democracia actual. Anita ya lo sospechaba con agudeza en sus intervenciones: el autor terminó cayendo en la misma trampa metafísica que pretendía criticar. La modernidad es la época del fundamento por excelencia; intentar salvarla es volver al error de raíz.
Cerca de las 5 de la mañana, entre bromas y con el cansancio propio de la madrugada, cerramos la sesión. La conclusión queda flotando en la intemperie: ni el mercado absoluto del Alfa ni la planificación total del Omega nos van a devolver el sentido. La salida política después de Heidegger exige renunciar a la obsesión por dominar el tiempo y, en su lugar, tener el coraje colectivo de habitar el Misterio sin buscar un patrón que nos gobierne ni un algoritmo que nos explique.