1. El «Venancio» en la jaula del Das Man y el triunfo del Criollo

Para entender la herencia estructural de nuestro país, es necesario ponerle nombre y apellido a las existencias que lo habitan. En el Chile profundo existe una condición existencial encarnada en el «Venancio»: el individuo común y corriente. El Venancio es una existencia humana arrojada en el mundo, pero que no está situada en la historia. Carece de un Estado que lo represente verdaderamente y de una conciencia colectiva propia. Su vida transcurre sumida en lo que Heidegger denomina el Das Man (la sociedad impersonal, la masa anónima), enfocado únicamente en la cotidianidad inauténtica: pagar las cuentas a fin de mes, criar a los hijos, sobrevivir a la rutina y estirar el sueldo.

Frente a esta modorra, el pensamiento libertario actual le ofrece una trampa perfecta. Le insta a «despertar» como un individuo empoderado, exitoso y supuestamente auténtico, pero bajo una condición perversa: le exige negar su condición de pueblo (Folk o comunidad). Al renegar de su mundo y de la coexistencia con los suyos, el libertario comete un suicidio ontológico. Se concibe a sí mismo fuera del mundo, devorado por un solipsismo que, inevitablemente, lo conduce a la nada absoluta.

Para entender por qué el Venancio está donde está, hay que mirar el reverso de la moneda histórica: el triunfo del «Criollo» como Dasein colectivo. Durante la colonia, la vida en este territorio era una colectividad inauténtica, pero un grupo dominante —los dueños de la tierra del valle central— comenzó a tomar conciencia de sí mismo. Forjaron un «nosotros» exclusivo y se autodenominaron la Gente Como Uno (GCU), diferenciándose tanto de los españoles que los dominaban políticamente como de los inquilinos y peones que se deslomaban en sus fundos. Al apropiarse de su tradición y captar el espíritu de su época, el Criollo pasó a ser una comunidad política auténtica y construyó el Estado en 1833 para proteger su herencia, su propiedad y su mundo. El Estado chileno nació para ellos, no para el Venancio.

2. La despolitización de la hacienda y el sujeto «multicuentas»

El sistema contemporáneo es el heredero directo de esa dominación criolla. La despolitización del Chile actual —cuyo diseño intelectual le pertenece a Jaime Guzmán— no significa que el Venancio no sepa de elecciones o que no vote; significa algo mucho más profundo: se le impide sistemáticamente preguntarse «quiénes somos» y forjar un «nosotros» popular. La elite criolla monopoliza las instituciones, la educación y el mercado para asegurarse de que de la cotidianidad nunca emerja una conciencia histórica que les pueda competir.

Aquellos que intentan asimilarse al mundo criollo acumulando cartones universitarios o conocimiento abstracto, negando su propio origen popular, se convierten en lo que llamamos «funcionarios de la nada»: híbridos desarraigados que jamás serán aceptados genuinamente por la elite y que terminan flotando en el vacío.

Para ilustrar la alienación de este Das Man moderno, suelo usar el ejemplo del sujeto «multicuentas»: ese individuo hiperconectado que presume en redes sociales tener cincuenta correos electrónicos en su iPhone y que cree ser radicalmente libre gracias a su consumo tecnológico. En realidad, este personaje encarna la impropiedad de la metrópoli globalizada. Es un individuo absorbido por la abstracción y el intercambio mercantil, absolutamente incapaz de forjar los lazos de sentido que solo proporciona una comunidad viva y real. Su libertad es una ilusión de catálogo.

3. El callejón sin salida: El Tedio contra la Angustia

Es aquí donde tropezamos con el gran callejón sin salida teórico, la aporía irresoluble que nos heredó Ser y Tiempo. Heidegger establece que la única forma de pasar de la inautenticidad cotidiana a la propiedad del ser es a través de un temple anímico específico: la Angustia. La angustia frente a la muerte nos distancia de las cosas cotidianas y nos saca de los pasatiempos. Sin embargo, la muerte es un acto radicalmente singular e individual. Nadie puede morir por otro. Por lo tanto, la angustia singulariza, aislando al sujeto del Das Man, lo que deja la autenticidad reservada solo para el individuo, condenando al colectivo (al «ser-con» u otros) a la impropiedad de la masa.

Años después de su obra fundamental, en sus cursos de 1929 y 1930, Heidegger introduce otro temple anímico que domina a la colectividad moderna: el Tedio (o aburrimiento profundo). El tedio nivela y aplana a las masas, adormeciéndolas en la anomia social contemporánea. Al ser el tedio de carácter puramente impropio, el colectivo subsumido en este aburrimiento no tiene ninguna posibilidad de alcanzar un estado auténtico por sí solo.

Como la segunda parte de Ser y Tiempo nunca se escribió, quedamos atrapados en esta paradoja: no existe un puente teórico directo ni un temple anímico colectivo que permita sacar a la sociedad entera del tedio y transformarla directamente en una comunidad auténtica (Folk) sin pasar por la estación de la angustia individual.

4. Las tres vías de salida y la propuesta del «Venancismo»

Frente a este estancamiento filosófico, la tesis doctoral del anarco-existencialismo nos obliga a explorar las salidas posibles al laberinto:

  • La vía libertaria (La salida trunca): Intenta usar la angustia para arrancar al individuo de la masa hacia la autenticidad individual. Pero como el libertario se concibe como un ente extramundano y niega su coexistencia con los otros, su existencia queda trunca, atrapada en un solipsismo estéril que conduce a la nada absoluta.

  • La salida colectiva directa: Consiste en dar el salto directamente desde el tedio de la masa hacia la autenticidad del pueblo, sin pasar por la angustia individual. Para que esto ocurra, se necesitaría descubrir un nuevo temple anímico colectivo capaz de sacudir a la sociedad entera de su modorra. Aunque el anarco-existencialismo la descarta por ahora como inviable, investigar qué temple anímico podría lograr este despertar masivo es el gran desafío teórico que nos queda por explorar.

  • La salida del Anarco-existencialismo: Es la propuesta que asumimos políticamente ante la imposibilidad de saltar en masa. Plantea un camino de tres pasos: partir de la inautenticidad colectiva (el tedio del Das Man); pasar por la autenticidad individual a través de la angustia frente a la muerte —asumiendo el propio aburrimiento para singularizarse—; y, desde esa esquina solitaria, reconocer que siempre estamos arrojados en el mundo con otros, dando el salto definitivo hacia la autenticidad colectiva (Folk), abrazando la tradición, el espíritu de la época y el lenguaje.

El objetivo final de este camino no es disputarle el poder fáctico al Criollo siguiendo sus mismas reglas verticales, burocráticas o mediante el resentimiento ciego, como suelen hacer los populismos tradicionales. El verdadero poder radica en la horizontalidad de un populismo popular —un «Venancismo»— que tenga el coraje de fundar un mundo ontológicamente nuevo.

Este nuevo Chile debe construirse apropiándose críticamente de nuestra tradición, de nuestro lenguaje y del espíritu de una época que, a pesar de su nihilismo salvaje, es pura posibilidad. La política del Venancio no puede replicar la violencia de la hacienda; debe basarse en la solidaridad, la empatía y la esperanza de tratarnos como iguales para lograr un cohabitar existencial que libere al pueblo. La verdadera revolución no es cambiar de amo, sino destruir ontológicamente el mundo de dominación del criollo mediante la creación inquebrantable de nuestra propia comunidad.

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