1. El fracaso de los administradores y la irrupción del dueño
Para entender la política chilena contemporánea y la arquitectura del poder que nos rige, no basta con revisar la superficie de los debates parlamentarios; hay que aplicar la analogía de La Hacienda. En la estructura profunda de nuestro país, Chile no ha dejado de operar como una inmensa propiedad privada controlada por una élite económica que delega la administración pública en intermediarios.
El Patrón —representado por los grandes conglomerados y gremios empresariales como la SOFOFA, la SNA o la CPC— es el verdadero dueño del país. Es una figura que habitualmente prefiere mantenerse lejana, enfocada en sus negocios internacionales, en el ecoturismo o en lavar su imagen pública a través de obras de beneficencia como la Teletón. Para la política diaria, el Patrón contrata y financia a sus «Administradores Políticos»: los partidos tradicionales y los parlamentarios, a quienes ve simplemente como gerentes del área política encargados de proteger la rentabilidad y estabilidad de su hacienda.
Esta lógica se evidenció con una claridad brutal entre 1970 y 1973. La llegada de Salvador Allende a la Presidencia representó una amenaza intolerable porque implicó la entrada de un administrador no autorizado por el dueño de la casa. Inicialmente, el Patrón confió en sus gerentes políticos —el Partido Nacional y la Democracia Cristiana, articulados en la Confederación de la Democracia (CODE)— para frenar el proyecto de la Unidad Popular en las urnas o alcanzar los dos tercios del Senado en las elecciones parlamentarias de marzo de 1973 para destituir a Allende.
Pero los políticos «no dieron el ancho». Al fracasar la vía parlamentaria, el Patrón se enojó, dio un golpe en la mesa y decidió bajar directamente a la calle a ordenar su fundo. Prescindiendo de los partidos, la élite económica movilizó el poder de sus gremios, inyectó recursos masivos, financió las históricas paralizaciones de octubre de 1972 y julio de 1973, e instrumentalizó a sus «inquilinos y peones» como escudos humanos y fuerza de choque para desestabilizar el país.
2. El fenómeno Guzmán: Universidad, prensa y trinchera
En medio de esta retirada de la política partidaria tradicional, emergió la figura de Jaime Guzmán Errázuriz como el articulador perfecto entre los intereses del Patrón y el descontento social. Guzmán comprendió tempranamente que el poder no se disputaba únicamente en el Congreso, por lo que desplegó una estrategia en tres frentes estratégicos:
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El frente universitario: Con apenas 22 o 23 años, ya ejercía como profesor titular de Derecho Constitucional y miembro del Consejo Académico en la Pontificia Universidad Católica (PUC), convirtiendo al gremialismo —con dirigentes como Hernán Larraín al mando de la FEUC— en la vanguardia ideológica contra el marxismo.
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El frente juvenil y callejero: Utilizó las redes de la juventud alessandrista e intervino en la fundación del movimiento nacionalista Patria y Libertad, espacio del cual se distanciaría posteriormente por fricciones doctrinales.
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El frente mediático: Guzmán construyó una plataforma comunicacional envidiable para su edad. A los 25 años integraba el directorio de Canal 13, participaba como panelista en el influyente programa A esta hora se improvisa, hablaba por los micrófonos de Radio Agricultura y escribía columnas en la Revista Qué Pasa, publicación que fundó junto al historiador Gonzalo Vial.
Revisando archivos de la época —como los fascículos originales de Qué Pasa de los años 70 que heredé de mi padre—, salta a la vista la huella del financiamiento: portadas y artículos sobre la crisis política auspiciados directamente por grandes empresas gremiales, como la Papelera (CMPC) vinculada a Jorge Alessandri. Como comentaba con humor en el chat el usuario Cris, la omnipresencia mediática de Guzmán a esa edad era despampanante; algo que hizo reír a José, quien bromeaba diciendo que a los 22 años su mayor cuota de poder era «comprar completos en el carrito», comentario que compartimos entre risas mientras agradecía el apoyo continuo de nuestro querido seguidor Martín Barros.
3. «Los secretos» de la élite y la experiencia en la PUC
Esta estructura de casta no es un concepto abstracto de la sociología; se experimenta en el cuerpo. Cuando ingresé a estudiar Derecho a la Pontificia Universidad Católica a fines de los noventa, siendo un joven de La Florida y primera generación universitaria de mi familia, me estrellé de frente contra ese muro invisible.
Como no tenía quién me guiara en los códigos universitarios, elegí como profesor de Derecho Constitucional a Hernán Larraín, simplemente porque era un senador famoso que veía en la televisión. Sin embargo, el senador casi nunca fue a hacer clases, por lo que tuve que cambiarme a la sección de la profesora Ángela Vivanco.
Ahí entendí lo que Los Prisioneros cantaban con tanta lucidez en El baile de los que sobran: los jóvenes de la élite —los «zorrones» de las familias tradicionales— poseían «los secretos» del sistema. Sabían de antemano qué profesores tomar, se traspasaban las pruebas y los cuadernos de generaciones anteriores y contaban con una red de contactos heredada. A los que veníamos de colegios particulares, subvencionados o públicos solo nos habían enseñado a ser máquinas de responder ensayos y acatar instrucciones.
Esas mismas redes de poder las volví a constatar años más tarde cuando hice mi práctica profesional en el Congreso: bastó una conversación con el diputado Jorge Ulloa para que, en un par de minutos y con una sola llamada telefónica, me pusiera en contacto directo con el almirante Huerta. La hacienda funciona así: con un teléfono y una recomendación de pasillo.
4. La trampa del nacionalismo y el eterno retorno del Rechazo
Uno de los llamados más urgentes que debemos hacer a quienes hoy se definen como «nacionalistas» es a no dejarse engañar por los cantos de sirena de la élite. La historia demuestra que el Patrón siempre ha utilizado el sentimiento patrio y el discurso de la «defensa de la nación» como carne de cañón para proteger la rentabilidad de sus empresas.
Lo hicieron en los años treinta durante la Matanza del Seguro Obrero, lo hicieron en los setenta financiando a Patria y Libertad para que le hiciera el trabajo sucio en la «marcha de las cacerolas», y lo volvieron a hacer recientemente durante el Estallido Social y las campañas del Rechazo (2019-2023).
Hay un hilo conductor entre los grupos paramilitares que escoltaban las marchas del gremialismo en 1972 y los colectivos que marchaban protegidos por las calles del barrio alto durante el proceso constituyente reciente. La élite pone los recursos, financia los bots en redes sociales, infla las plataformas mediáticas y agita los símbolos patrios, pero cuando la crisis se resuelve a su favor, la puerta de la casona patronal se le vuelve a cerrar en la cara al peón que salió a pelear a la calle.
Conclusión: Instrumentalización y democracia gerencial
La transmutación de la hacienda en Estado nos deja una lección desoladora sobre el valor que la clase dominante le otorga a la democracia. Para el Patrón, las elecciones, el Congreso y las libertades civiles son herramientas meramente gerenciales: son útiles mientras garanticen la paz social y el flujo constante de sus ganancias.
Cuando la democracia se vuelve incómoda y las mayorías amenazan la concentración del capital, la élite no duda en declarar en quiebra a sus propios administradores políticos, saltarse las instituciones y utilizar el caos social o la fuerza militar para restablecer el orden del fundo. Nuestra tarea no es buscar un mejor patrón ni esperar que un nuevo gerente administrativo nos conceda derechos; la verdadera emancipación exige desmantelar la lógica de la hacienda, entender cómo operan sus redes de poder y dejar de actuar como los peones que van a la guerra a defender los títulos de propiedad de sus opresores.