1. El truco del esencialismo y la universidad como trinchera

Hay un peligro silencioso en la forma en que la derecha chilena ha construido su pensamiento, y que queda en evidencia al leer la «Teoría sobre la universidad» de Jaime Guzmán. Su tesis se sostiene sobre un esencialismo rígido: la idea de que las cosas —y las instituciones— tienen una «naturaleza» fija e inmutable. Para Guzmán, la esencia de la universidad es puramente académica y científica; por ende, meter la política ahí dentro es destruirla.

Pero cuidado con los esencialismos. Bajo esa lógica de que cada cosa nace con un destino predeterminado, se esconde un diseño social perverso: el que nace para obedecer, obedece, y el que nace para mandar, manda. Se anula de golpe la verdadera democracia y el derecho humano a cambiar el rumbo.

Lo paradójico —y profundamente hipócrita— es que el mismo Guzmán que santificaba la despolitización universitaria usó las aulas como la plataforma política más feroz de la época para reclutar a la juventud que sostendría a la dictadura. La supuesta «esencia» se respeta solo cuando le conviene al poder.

2. La sociedad como una gran hacienda

Este modelo mental no se quedó encerrado en los campus; moldeó la estructura de la sociedad chilena. La distinción gremialista entre «elegir» y «gobernar» redujo la participación ciudadana a un mero derecho de petición.

El diseño nos transformó en inquilinos de una gran hacienda. El ciudadano actual no colidera ni cogobierna; solo puede acercarse a la casa patronal con el sombrero en la mano a pedir un favor o exigir una mejora. El ejemplo más amargo de esto se vio incluso en las marchas masivas del 25 de octubre de 2019: la gente salió a la calle, entregó su lista de peticiones y luego se quedó sentada esperando que el patrón de turno redactara las respuestas.

A este diseño se le suma la devaluación de la representación política. En la colonia existía el «juicio de residencia», un mecanismo donde las autoridades debían rendir cuentas de sus actos al terminar su mandato. Hoy eso no existe. El voto funciona como un mandato notarial o un cheque en blanco: vas al banco, entregas el poder y los políticos hacen lo que quieren sin responder ante nadie.

3. Los laboratorios del «silencio» y los candidatos sin proyecto

La misma trampa de la despolitización la vemos hoy en los modernos centros de estudio y think tanks (como Pivotes, el CEP, Libertad y Desarrollo o la Fundación Jaime Guzmán). Se presentan ante el país bajo el lema de «silencio, niños estudiando», como si fueran entes técnicos, neutrales y puramente académicos.

Pero la neutralidad no existe. Detrás de sus informes sobre permisología o flexibilización laboral, operan como grupos de alta influencia que compran medios de comunicación e imponen la agenda del gran capital. Hacen la política más descarnada mientras te exigen a ti que no te politices.

El drama es que esta herencia ha dejado a la derecha actual vacía de ideas colectivas. Al igual que la campaña de Jorge Alessandri en 1970, que se centró únicamente en su figura personal y terminó en un fracaso histórico, hoy vemos a personajes como Evelyn Matthei o José Antonio Kast operando en el vacío. Son rostros, marcas electorales, pero no tienen un proyecto país articulado.

4. El libertarismo: El hijo borracho del gremialismo

De aquellos barros vienen estos lodos. El gremialismo creó las bases institucionales del Chile hiperindividualista, pero su evolución contemporánea parió un monstruo: el movimiento libertario actual. Son, en buena medida, el hijo borracho del gremialismo.

Mientras el gremialista tradicional cree en los cuerpos intermedios y en un orden social con un fin trascendente (Dios), el libertario lleva el individualismo al extremo de la soberbia moral. El libertario se cree un superhombre, un dios de sí mismo que entra y sale de la sociedad cuando quiere, ignorando que sus privilegios dependen de la estructura que otros sostienen. Tienen mucha arrogancia en redes sociales, pero una absoluta orfandad intelectual.

5. El fin de la utilidad humana y la guerra por el Misterio

Esta evolución del capitalismo y la técnica —lo que Nietzsche llamaba la «voluntad de poder», ese impulso ciego por asegurar y acrecentar el control— está llegando a su fase crítica con la Inteligencia Artificial y el blockchain.

Estamos entrando a un escenario donde la máquina produce (IA) y certifica lo producido (blockchain). Llegará el punto donde el ser humano ya no será necesario ni como fuerza de trabajo ni como consumidor. La máquina se independizará para seguir un ciclo de rentabilidad infinito y autónomo, dejándonos de patitas en la calle, suspendidos frente a la nada y la angustia existencial.

La modernidad, los algoritmos y la ciencia han intentado predecir y domesticar todo: desde los terremotos hasta manuales técnicos para enamorar a alguien. Al hacerlo, le han arrebatado al ser humano la magia de vivir, que es, en el fondo, El Misterio (el amor, la muerte, el azar).

Históricamente, la Iglesia Católica tuvo el monopolio absoluto de la administración de ese Misterio a través de la salvación y el sentido de la vida. Hoy, los tech bros de Silicon Valley, con Elon Musk a la cabeza, pretenden quitarle ese monopolio al Vaticano prometiendo que la tecnología va a resolver la muerte y la existencia. Pasamos de los dioses a los algoritmos, pero el fin es el mismo: dominar el abismo.

Conclusión: La nada posibilitadora y la salida colectiva

La religión occidental nos vendió una «nada creadora»: un Dios que crea las cosas para luego exigir un retorno, una deuda eterna. Esa es la matriz de la sociedad de consumo actual, una máquina que agota los recursos y nuestras vidas bajo la promesa de llenar un vacío que nunca se llena.

Frente a eso, la única vía de escape existencial es abrazar lo que Heidegger llamaba la nada posibilitadora de ser. Aceptar el Misterio como un abismo sin fondo y asumir nuestra propia muerte. Cuando entiendes que eres finito y que la máquina no tiene respuestas para tu existencia, te liberas de la necesidad de consumo y te adueñas auténticamente de tu vida.

Pero esa salida no puede ser un proyecto individual de autoayuda; el libertarismo ya demostró su fracaso moral. La respuesta a la técnica y a la dominación económica tiene que ser colectiva. La verdadera política no es una suma de identidades individuales compitiendo en el mercado, sino la construcción de un «Nosotros» —un pueblo, un Dasein colectivo— que se reconozca en sus diferencias pero se pare de frente, en conjunto, contra el sistema que intenta consumirlo.

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