1. El diseño del alessandrismo y la anestesia del «Venancio»

Para desarmar la farsa institucional que nos rige hoy, es indispensable revisar los cimientos ideológicos que se fraguaron en la campaña presidencial de Jorge Alessandri entre 1969 y 1970. Aquel proceso no fue una elección cualquiera; fue el laboratorio político donde un joven Jaime Guzmán consolidó una relación paternal con el candidato y comenzó a diseñar el Chile del futuro. La campaña de Alessandri se levantó sobre la promesa de una autoridad fuerte, independiente, que despreciaba abiertamente la «politiquería» de los partidos tradicionales y del Congreso, presentándose como una alternativa puramente técnica y moral.

Detrás de esa retórica apolítica se escondía un propósito de control existencial profundo: subsumir a las clases medias en el Das Man (la masa anónima, la inautenticidad del día a día), un estado encarnado perfectamente en la figura del «Venancio». El diseño buscaba de manera deliberada que el ciudadano común se volcara a la vida privada, al consumo y a la supervivencia material, evitando a toda costa que el pueblo forjara una conciencia histórica de sí mismo y se organizara como un sujeto político con identidad.

Lo más revelador de este episodio es su tremenda paradoja histórica. Alessandri proponía el uso de plebiscitos como una válvula de escape democrática para resolver los conflictos entre el Presidente y el Parlamento, apelando a la soberanía popular. Sin embargo, cuando Guzmán y su sector redactaron la Constitución de 1980, omitieron por completo cualquier mecanismo de este tipo. La soberanía popular les sirvió como eslogan de campaña, pero les pareció un peligro intolerable a la hora de estructurar su modelo de sociedad.

2. La nueva guerra: Lo humano frente a la técnica

Al trasladar este diagnóstico al siglo XXI, nos damos cuenta de que los ejes del conflicto han mutado radicalmente. La gran disputa de nuestra época ya no es la cuestión social entre el capital y el trabajo que definió al marxismo y al siglo XX. El verdadero campo de batalla actual es el enfrentamiento ciego entre lo humano y la técnica.

Apoyándonos en las advertencias existenciales de Martin Heidegger, el peligro real de los tiempos que corren es el desarraigo absoluto del ser humano ante una técnica que se ha vuelto completamente autónoma. Ya no somos nosotros quienes usamos las herramientas; es el sistema técnico el que nos utiliza. El riesgo no es una crisis económica, sino la deshumanización total: que la persona sea reducida a un mero dato cuantificable, a un engranaje reemplazable o a simple «capital humano» dentro de una planilla de optimización global.

3. El debate en el vagón: La maquinaria estatal y la transparencia del VAR

Este diagnóstico sobre la técnica y la pérdida de sentido abrió un debate descarnado con la comunidad de la transmisión, donde se cruzaron la historia política y el sentido del misterio en la vida cotidiana.

Desde la perspectiva de la historia política, Alejandro (Ale) nos trajo un cable a tierra crudo al recordar la advertencia que Fidel Castro le hizo a Salvador Allende sobre el fracaso inevitable de intentar una revolución utilizando las vías institucionales de la burguesía, un hito que marcó un quiebre definitivo en la izquierda latinoamericana. En sintonía con esto, Anita reflexionó sobre la trampa institucional que sufren los movimientos transformadores modernos, usando el ejemplo del Frente Amplio en Chile. Anita desmenuzó cómo un deseo genuino y generacional de construir comunidad termina inevitablemente triturado y convertido en mera «gestión» y administración colonial del Estado al entrar en la maquinaria de la burocracia moderna.

En la otra vereda, Nico (Nikin) lanzó una postura abiertamente pragmática y defensora de la técnica, cuestionando lo que consideraba una romantización del misterio. Para Nico, el misterio en las estructuras públicas o en los reglamentos —utilizando el ejemplo del fútbol antes de la llegada del VAR— suele ser el escondite perfecto para las corrupciones, los robos y las desigualdades. Desde su mirada, la técnica, el algoritmo y la transparencia absoluta son herramientas profundamente democráticas y necesarias para «nivelar la cancha» y evitar el abuso del poderoso, argumentando que el misterio debe quedar relegado exclusivamente al territorio de la intimidad, como el amor o la familia.

4. La física cuántica y el asalto al Misterio

El debate adquirió un tinte metafísico cuando empezamos a discutir qué hacemos con aquello que la ciencia no puede catalogar. Alejandro (Ale) propuso un ejercicio de desmitificación filosófica: dejar de entender a Dios como un «ente» o un señor barbudo sentado en el cielo, y empezar a comprenderlo como el misterio mismo, insondable y originario, rescatando el asombro que ya proponía San Agustín. Anita complementó esto interpretando la famosa frase de Heidegger, «Sólo un Dios podrá salvarnos», no como un llamado religioso, sino como el reconocimiento político del límite de nuestra propia voluntad de control frente al avance de la técnica. Para ella, usar la palabra «Dios» es a menudo un nombre heredado afectivamente para mantener abierta la pregunta por el sentido.

Por su parte, Solrack intentó buscar un puente con las ciencias duras, comparando este vacío originario con la tensión clásica entre el Cosmos (el orden) y el Caos, y vinculando esa incógnita activa con la sabiduría del I Ching, donde lo receptivo y el vacío son los que verdaderamente engendran la vida. El mismo Nico (Nikin) se sumó a este giro científico al relacionar la apertura de las infinitas posibilidades existenciales con la mecánica cuántica, explicando que al operar en un espectro continuo entre el 0 y el 1, la física moderna rompe finalmente con la lógica excluyente y binaria de la metafísica clásica.

Conclusión: La Nada como posibilidad y el rechazo a las etiquetas

Frente a estas interpretaciones, es necesario ser categóricos: ponerle etiquetas morales, teológicas o llamarle «Dios» al misterio es, en el fondo, destruirlo. En el momento en que bautizas al misterio, lo transformas en un «algo», en un objeto, en un ente que la metafísica puede atrapar y domesticar para usarlo a favor del poder. El impulso humano de controlarlo todo nos ciega. Debemos aprender a diferenciar con urgencia entre conocer —que es exigirle a la realidad que se rinda ante nosotros y nos revele su utilidad técnica— y comprender, que consiste en respetar y abrazar el misterio tal como es, en su ocultamiento.

Del mismo modo, hay que despejar el malentendido sobre la mecánica cuántica planteado por Nico y Solrack. La física cuántica no representa un retorno al origen de la nada ni al cero originario. Al contrario: es la máxima fragmentación del uno, la división infinita del ente para intentar simular matemáticamente un cero. Es, en su raíz, pura voluntad de poder cibernética; un intento desesperado de la técnica por prescindir del misterio original para crear simulaciones totalmente controlables en un laboratorio.

La nada no es un vacío físico, un espacio en blanco que estemos obligados a llenar con consumo, tecnología o religión. La nada es la pura posibilidad de ser. Cuando el ser humano se angustia de verdad, se baja de la máquina del rendimiento y pregunta por el sentido de las cosas a través del lenguaje, la nada no le entrega una respuesta técnica ni una solución empaquetada. Simplemente le devuelve el reflejo de su propia existencia, revelándole el milagro absoluto de que, a pesar de todo, está siendo en el mundo.

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