1. La arqueología del movimiento campesino y el colapso de la Pax Hacendal
Para desentrañar las tensiones del Chile contemporáneo, resulta indispensable revisar la monumental Historia rural de Chile central de José Bengoa. Tras cuatro siglos de dominación incontestada —un orden feudal donde la oligarquía ejercía un control absoluto sobre inquilinos y peones bajo lo que la historiografía denominó la «Pax Hacendal»—, el siglo XX abrió las primeras grietas en la pared del latifundio.
Uno de los hitos fundacionales de esta arqueología de la protesta ocurrió en 1921 en el fundo Lo Herrera, propiedad del influyente senador Eliodoro Yáñez. Por primera vez en la historia política del país, los inquilinos se organizaron para exigir demandas laborales elementales: un aumento de salarios y un pedazo de tierra para el consumo familiar. La respuesta del patrón fue de una violencia pedagógica: ordenó el desalojo inmediato de las familias, mientras carabineros apaleaban a los trabajadores. Fiel a la retórica de la élite, Yáñez publicó al día siguiente una carta en El Mercurio atribuyendo la huelga no a la miseria del campo, sino a la llegada de «agitadores subversivos traídos desde Santiago». Fue la primera vez que la voz directa de un campesino quedó registrada en la prensa nacional.
Este despertar campesino no nació por generación espontánea; fue alimentado por el retorno masivo de los pampinos despedido tras la crisis del salitre en el Norte Grande. Obreros agrícolas que habían migrado hacia el desierto regresaron a pie a los valles centrales cargando a la espalda algo más que pobreza: traían conciencia sindical, experiencia en huelgas e ideas libertarias articuladas al alero de la Federación Obrera de Chile (FOCH). Como bromeábamos en la transmisión integrando al chat, en esa caminata histórica hacia el sur «venían marchando el Bisama y el Moto», trayendo la semilla de la revuelta.
El quiebre definitivo del sistema hacendal se precipitó en las décadas de 1960 y 1970. A diferencia de la burguesía europea, el terrateniente chileno jamás quiso modernizarse como un empresario agrícola. El latifundio colapsó cuando la propia Iglesia Católica —liderada por obispos como Manuel Larraín y el cardenal Raúl Silva Henríquez— rompió su histórica alianza ideológica con los patrones, entregando tierras e impulsando la Reforma Agraria. El campo chileno se transformó en un polvorín con tomas masivas de fundos en Curicó y Colchagua. Por eso, el golpe de Estado de 1973 es incomprensible si no se lee como la venganza de la hacienda: en los primeros tres meses de la dictadura militar, más de 500 líderes campesinos fueron ejecutados o desaparecidos. No obstante la violencia, la dictadura no pudo resucitar el viejo orden. La hacienda fue pulverizada para dar paso al capitalismo agrario de exportación, arrojando al campesino liberado del patrón a la precariedad del mercado de temporeros.
2. El «siglo XX corto» chileno y la trampa del molino
Inspirándonos en la tesis del historiador Eric Hobsbawm sobre el siglo XX global, podemos sostener que el siglo XX chileno fue un siglo corto: comenzó tarde, en 1938, con la llegada del Frente Popular tras la trágica Matanza del Seguro Obrero, y terminó de golpe en 1973 con los bombardeos a La Moneda. Apenas 49 años de un proyecto de desarrollo nacional e industrialización que quedó inconcluso.
Es desde esa memoria histórica desde donde debemos analizar las voraces propuestas contemporáneas que promueven la privatización de CODELCO, agitadas por sectores libertarios en redes sociales como X (Twitter). Quienes insisten en vender la principal empresa del Estado cometen exactamente el mismo error que la oligarquía cometió con el salitre: asumir que un país puede vivir de cobrar patentes e impuestos a multinacionales extranjeras. Si el precio del mineral cae o las corporaciones retiran sus capitales, la nación se queda con las manos vacías y los socavones desiertos.
Para explicar la farsa de esta promesa, hemos desarrollado la analogía del molino de la hacienda. Imaginemos a un patrón de fundo que se acerca a sus inquilinos y les propone una brillante idea de «capitalismo popular»: vender el molino comunitario de la hacienda para repartir el dinero de la venta directamente en los bolsillos de cada familia. Entusiasmados por la liquidez inmediata, los peones reciben su dinero y van a gastárselo de inmediato a la pulpería, propiedad del mismo patrón. En cuestión de meses, los inquilinos se han gastado el efectivo en bienes de consumo, pero el molino —aquel que financiaba el mantenimiento de los canales, la escuela y el futuro del poblado— ya no les pertenece; quedó en manos de un privado que ahora les cobra por usarlo.
3. El caso Lippi, la desprotección de CODELCO y las voces de la comunidad
Lo mismo ocurre cuando se aplauden propuestas demagógicas como el reparto directo de fondos. Como señaló lúcidamente Karim en el chat al conectar la analogía del molino con los retiros de fondos previsionales, la liquidez inmediata entregada a la población durante la crisis terminó fluyendo de manera directa a las arcas de las grandes cadenas de supermercados, casas comerciales y bancos —los verdaderos dueños de la pulpería moderna—, dejando a los trabajadores sin ahorro a largo plazo y desatando una ola inflacionaria.
El problema de fondo no es técnico ni financiero; es un problema de poder y control real sobre la propiedad. Esto se ilustra claramente en el caso de la marca de ropa Lippi: su fundador original, un artesano que construyó la marca desde abajo, terminó despojado del control de su propia empresa tras dar entrada a socios capitalistas que utilizaron las reglas del derecho corporativo para marginarlo. En la economía, quien posee la propiedad impone la música.
Por eso resulta tan peligroso el escenario actual de la minería estatal. Hasta el año 2020, las Fuerzas Armadas operaban como un blindaje político implícito para CODELCO, ya que recibían directamente el 10% de las ventas brutas del cobre para financiamiento militar a través de la Ley Reservada. Al derogarse ese mecanismo bajo el gobierno de Sebastián Piñera, la minera estatal quedó desprovista de su escudo institucional, transformada en «chancho tirado» frente a los grupos económicos que aspiran a hincarle el diente. Y esto ocurre a pesar de que, como recordó Demian en el chat aportando datos duros, CODELCO ha entregado la friolera de 168.000 millones de dólares al presupuesto nacional ($95.000 millones desde el retorno a la democracia), siendo la columna vertebral de la infraestructura pública del país.
Durante la transmisión, la comunidad enriqueció el debate con múltiples matices:
Agradecimos a Jessica, cuya generosidad al donar los tomos de José Bengoa hizo posible este ciclo de lectura.
Geométrica Milodón ironizó sobre el carácter «opulento e incestuoso» de la oligarquía del Centenario, caracterizada por los matrimonios endogámicos entre primos para no dividir los títulos de propiedad.
Alexander aportó una cuota de realidad al recordar el impacto de los temporales en el Maule, señalando que varios de los pueblos y valles agrícolas citados en el texto de Bengoa se encontraban bajo el agua.
Tania consultó en el chat sobre las narrativas de la política actual y el surgimiento de figuras que apelan al populismo penal o a fórmulas tipo «Bukele».
Juan Pablo sumó su apoyo directo suscribiéndose al canal.
Conclusión: La necesidad de resguardar el molino común
El recorrido por la historia del campo chileno y las disputas por los recursos estratégicos nos deja una lección intransigente. La ruptura de la Pax Hacendal en el siglo XX demostró que el pueblo chileno solo logró conquistar cuotas de dignidad cuando fue capaz de construir organización propia, cuestionar la propiedad del latifundio y exigir la devolución de la riqueza nacional.
Las cantos de sirena del capitalismo popular y las promesas de la extrema derecha mercantil buscan retrotraernos a la condición de inquilinos: convencernos de vender nuestras pocas propiedades colectivas a cambio de un puñado de billetes que se desvanecerán al día siguiente en la caja del supermercado. No podemos permitir que nos quiten el molino. La soberanía de un país no se construye con discursos grandilocuentes ni con el entusiasmo de la liquidez fácil, sino con la custodia firme de nuestros recursos estratégicos y con la memoria clara de aquellos campesinos que, desde Lo Herrera hasta el Norte Grande, dieron la vida para que la tierra y la riqueza pertenecieran a quienes la trabajan.